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V. 19 de enero del 2001. La primera nieve.

22 de enero de 2021

Hace tres días que no para de caer nieve. Al final el pronóstico del tiempo no es tan malo aquí, claro su trabajo es un poco más fácil que en el trópico porque se sabe que el clima en Alemania, al ser un país continental, será el que había ayer en Francia, Polonia, Suiza o Escandinavia, en función desde donde sople el viento. Hoy es viernes y mi cuerpo no lo siente, parece un día normal, más bien triste porque no sale el sol. El lunes regresa mi esposa alemana, nos vamos a sacar el permiso de trabajo y a empadronarme como dirían en España. Ya va siendo hora que encienda los motores porque no estoy aquí para vacacionar y me levanto todos los días a la una de la tarde porque sigo con la hora cubana. Ahora voy a salir a respirar aire frío y a congelarme un poco el culo, eso sí llenándome de abrigos, gorros, botas, guantes y cuanta cosa proteja del frío que todavía no tengo seguro médico y si me enfermo entonces sí que empezaría con el pie izquierdo. 

Salí y saludé a los alemanes con un “Guten Tag” que parece que entendieron porque me respondieron con amabilidad sin saber quién soy yo, porque con tanto trapo arriba lo mismo soy Juana Bacallao que el presidente de Alemania, que aquí le dicen Bundeskanzler para ser distintos a los demás. Estoy en un pueblito en las afueras de una ciudad llamada Neustadt an der Weinstraße, en el estado alemán de Rheinland Pfalz. En la ciudad no tan grande y tranquila comienzan algunas montañas y Bosque que marcan la frontera entre el valle del Rin y el inicio del Pfälzerwald. Como su nombre indica está en la famosa calle de los vinos que serpentea por muchos pueblitos vinateros alemanes hasta llegar a Francia. Caminé hasta el final del pueblo que colinda con el bosque y ayudé a unos niños a hacer un muñeco de nieve, más bien aprendí de ellos, quienes bien amables me mostraban con acciones. Las tres bolas principales del muñeco se forman arrastrando una bola inicial y bien compacta por la nieve y esta va creciendo hasta las dimensiones que queramos. Terminamos con un muñeco casi de mi tamaño y mis amigos los niños, muy contentos después de encajarle dos palos como manos y la necesaria nariz de zanahoria, se despidieron porque, aunque eran poco más de las cuatro de la tarde ya se estaba haciendo de noche.

En dirección al bosque pasé por un lugar al aire libre cercado donde había varios venados. Los animales no eran tímidos y se acercaron a donde estaba, me imaginé que para que les diera algo de comer. Mi primer pensamiento fue dejar ñato al muñeco para darle algo a los bambis congelados, pero no quise hacerles la maldad a mis primeros amigos alemanes y me metí en el bosque. Estaba nevando otra vez y los copos de nieve me llenaban la ropa de manchitas blancas que se desvanecían derretidas a los pocos segundos. Abrí la boca y saqué la lengua para sentir el agua sólida derretirse dentro de mi saliva, todavía no me creo que ande del otro lado del océano, en medio del bosque de la caperucita roja aplastando bajo mis botas la nieve mezclada con hojas secas. El sonido que produce caminar sobre el polvo blanco me recuerda cuando exprimía una frazada de piso nueva. El lobo de la Caperucita ya no existe y el camino a casa de su abuelita se nota bien claro y definido, apenas algún erizo, una que otra ardilla o una liebre perdida solo para entretener. Llegué a una cabaña abandonada en medio de una colina que me costó subir por lo resbalosa y empinada y me senté a pensar bufando el aire caliente del esfuerzo que sale por mi boca y condensa una tremenda nube de humo de casi medio metro de distancia. La nieve es algo distinto, un espectáculo singular si no lo has visto nunca, pero ya lo vi y en el fondo estoy algo decepcionado pues esperaba más. Será porque hasta ahora la nieve era solo parte de las películas de un mundo irreal. La pregunta de: ¿De verdad esto era la nieve que tanto quería disfrutar? Son apenas copos, blancos y fríos y me gustaría tener menos ropa encima. Regresó a mi mente ese sentimiento raro de cumplir un deseo y darte cuenta que no era para tanto. Tocaba reorganizarse para concentrarse en un nuevo sueño y como un colibrí, ir volando de flor en flor, muchas veces sin apenas gozar del néctar. Es mejor disfrutar el camino entre un deseo y el otro, a fin de cuentas, es en el aire donde el ave pasa la mayor parte del tiempo. Claro que, si me dejaran pedir algo blanco y fino, pediría la arena de una playa y en vez de una nevada abrigado escojo estar debajo de un aguacero de verano caliente con solo un short y sin camisa, o mejor todavía dentro del agua de la exquisita Varadero, de Santa María o incluso dentro del agua transparente de la costa de Miramar. Pensando en eso y sin arrepentimiento me di cuenta de lo importante que era para mí el mar y el poco valor que le daba. Se valora mucho más lo que no se posee y tener la playa a veinte minutos en carro o media hora en bicicleta no ayudaba. Cuando regrese a Cuba (de vacaciones) no pasará un día, ya sea en invierno o en verano, en la costa o en la playa, que no me meta en el mar. Es una promesa a Yemayá.