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VI. 21 de enero del 2001. El portal mágico.

25 de enero de 2021

Hoy es domingo por la tarde y se siente el desánimo, aunque no trabajo mañana. También una tarde sin sol ayuda mucho para hacerlo todo más melancólico. Mañana salgo temprano en tren hacia la ciudad de Heidelberg a sacar el permiso de trabajo y como ya comienzo mi lucha, le dedico este escrito de domingo triste al portal mágico. La primera pregunta que me haría el diario si hablara sería: ¿qué carajo haces en Alemania?, y la respuesta es muy simple: no sé. Desde que nací en la Habana hace 29 años, creo que nunca he podido escoger algo realmente decisivo en mi vida más allá de qué carrera estudiar o alguna novia. Claro que, si lo analizo bien, las novias fueron ellas quienes me cayeron atrás y la elección de estudiar ingeniería mecánica, fue una propuesta de mi padre que me pareció lógica e interesante. El cubano en Cuba se pasa la vida aceptando lo que otros deciden por él y tampoco elige donde va a vivir cuando quiere irse del país, o acepta lo que le toca o se jode. A mi simplemente me tocó vivir en Alemania, lo acepto con gusto y confío en mi buena estrella.

Si todas las personas en Cuba vieran este país, pensaran que lo que sale en el noticiero cubano acerca de Alemania es mentira. Porque lo único que vi en la televisión cubana de este país fueron manifestaciones de grupos neonazis y algún que otro extranjero al que le daban candela, generalmente turco. Esos familiares y amigos al enterarse de que me iba a vivir a Alemania, muy preocupados me preguntaban con buena fe si estaba seguro de lo que iba a hacer, pues había escogido un país muy violento donde repudiaban a los extranjeros. Por supuesto ninguno de ellos y repito bien las palabras con muy buena fe, habían estado nunca en Alemania, incluso ni a la isla de Pinos habían viajado. El cubano es un ser muy inteligente y es capaz de saber de todo, incluso de las cosas que no ha experimentado. Yo también de muy buena fe les respondía que para ser extranjero prefería serlo en otro país que en el mío propio. O Mas bien quería ser extranjero en Cuba, de hecho, cuando regresara de vacaciones sería entonces medio extranjero. Además, el sueño de poder vivir de mi trabajo me recompensaría que me tratasen como extraño, si fuese el caso.

La lógica de un viaje sin regreso no miente y ya me lo habían dicho las cartas. En Cuba, sin contar a mi familia, no dejé nada. Bueno tampoco tuve nada valioso.  Las dos o tres cosas de valor (sentimental) que tenía me las lleve conmigo, libros principalmente.  Y así con dos bulticos de ropa vieja y algunos libros me encontré finalmente inaugurando mi milenio particular hace apenas dos días enfrente del portal mágico. Esa puerta maravillosa que son en realidad muchas salidas custodiadas por agentes de inmigración.  Ese portal fue durante muchos años el límite de mi mundo como para los navegantes de tierras planas existía el límite del disco donde la gente desaparecía. La diferencia consistía en que los marineros se caían al abismo, pero en este portal las personas llegaban a otro lugar con más colores, más alegría y más dinero: el mundo de las películas. Vi desaparecer por ese portal a cientos de personas, unas para siempre y otras volvían distintas y mejoradas. Hoy descubro que ese mundo de las películas también es real, vivible y por supuesto imperfecto.

Cuando finalmente mi deseo de años de cruzar el portal mágico se hizo realidad me decepcioné, y no porque desapareciesen los rostros llorosos de mis familiares, del lado jodido del portal, todo era igual del otro lado. Tan solo un pequeño detalle, además de reponerme de mi llanto, los rostros de las personas eran más alegres y yo sentía que mi pecho era más ancho. Que comenzaba una nueva vida. La de mis propias elecciones. Por primera vez el final de mi película, dependía enteramente de cuan bien lograra encarnar el personaje que había escogido, el de un cubano que llega solo a un país desconocido a buscar un futuro mejor. Un futuro que comienza mañana.