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XI. 21 de febrero del 2001. El tren de dos pisos

4 de febrero de 2021

Esta ha sido una semana agotadora con dos entrevistas de trabajo hasta ahora y no creo que haya ido mal en ninguna de ellas, pero que todos hayan sido muy amables me resulta raro, aunque todavía falta una para mañana. En cada una de ellas tuve la impresión de que la persona con quien hablaba intentaba agradarme a mí más que yo a ella. Tal vez una especie de presentación perfectamente ensayada que parece creíble, sin embargo, falta un toque de veracidad que me hace dudar. He tomado más trenes en estos días que los que tomé en toda mi vida anterior, cosa esta que es fácil pues no recuerdo haber tomado un tren nunca en Cuba. La ruta de Neustadt a Heidelberg me la sé de memoria y ya siento al tren de dos plantas como mi segunda casa. Cuando llega al andén y abro la puerta apretando un botón que se activa cuando la máquina está completamente detenida subo enseguida a la segunda planta que casi siempre está semivacía y me acomodo en una de loa asientos dobles que tiene una mesa delante a leer mi currículo en alemán. Allí ensayo las respuestas a preguntas que con toda lógica sucederán. Que por que me fui de Cuba, que como pude hacerlo, si volveré algún día y ensayo las palabras menos complicadas de decir. Afuera hace un frío impensable para un cubano, pero en el tren hay calefacción y la temperatura es tal que me tengo que quitar el abrigo, los guantes y el gorro. Para cambiar de actividad y para no dormirme, porque si me duermo me despierto probablemente en Berlín, me entretengo buscando un defecto dentro del tren en forma de algo sucio, un papel en el piso, un rayón en una pared, una cerradura que no funciona y no la encuentro. El chequeador de los tickets siempre pasa para quitarle la idea a cualquiera que quiera viajar sin pagar y ese señor, como el tren, está impecablemente vestido y arreglado.  La perfección al detalle en ese lugar, hasta en el baño está inmaculado, porque en el tren hay baños que he usado más de una vez. Ni peste hay, ¿cagarán sin peste los alemanes? Yo creo que no, porque en la casa de mi esposa parece que un día ella olvidó de mi presencia y soltó una flatulencia que creí que se había roto la tubería del desagüe. Ella se pasó quince minutos pidiendo disculpas y yo los mismos quince minutos muerto de risa. Pero volvamos al tren, decía que los baños del tren los he usado bastante por el nerviosismo antes de las entrevistas y he comprobado que hablar con los intestinos vacíos mejora la eficiencia y la soltura en la conversación. Me conozco todas las paradas intermedias pues antes de parar en estas se anuncia por el audio del tren el nombre del lugar y se ve en una pizarra electrónica adonde llegamos: “Nächste Halt …” que sería: próxima parada y hasta te dicen si te tienes que bajar por la derecha o por la izquierda del tren, explicado mirando en la dirección en que avanza el tren y aunque parezca mentira, eso también lo dicen.  En la primera de las entrevistas, ayer martes, en un lugar entre Mannheim y Heidelberg se me pasó la parada y por suerte siempre ando con tiempo pues tuve que bajarme y esperar el mismo tren en la otra dirección. En Alemania las empresas grandes tienen prácticamente imposible despedir trabajadores sin un motivo de fuerza y esto provoca que solo contraten la fuerza laboral indispensable y cuando necesitan de más personal para proyectos o picos de trabajo lo subcontratan a otras empresas. Existe por tanto un mercado de proyectos y de ofrecer personal calificado que lo ocupan empresas como las tres de esta semana. Estas empresas te ofrecen un contrato fijo, pero debes estar dispuesto a cambiar de lugar de trabajo con relativa frecuencia, cosa esta que me parecía genial. Esta entrevista se desarrolló bastante parecida a las anteriores.  Comienzan con una explicación de la firma a la que aplicas, a que se dedican, los clientes para los que trabajan, donde en Alemania tienen oficinas y otros datos, luego me toca explicar mi experiencia de trabajo y los temas que domino. Hay una pregunta que, por supuesto que siempre hacen y que, aunque me deja un tanto extraño, me da mucho placer: ¿Cuánto quiero ganar? Esa simple y a su vez lógica pregunta encierra en si misma un significado para mí muy profundo.  En esas tres palabras, pero que en alemán son cinco “¿Wie viel möchten Sie verdienen? “se encierra un reconocimiento y un respeto por tu identidad como persona. En Cuba todos los trabajos tienen un salario determinado por alguien y es invariable, ese simple detalle te despersonaliza brutalmente y te convierte en un objeto no pensante y que no merece respeto, el cual debe aceptar lo que le ofrecen y punto. Ese alemán que quizás ni trabajo me diera me trataba como una persona respetando mi individualidad y aunque había buscado información no quise arriesgarme a meter la pata pidiendo poco o mucho dinero le dije que, por ser mi primer trabajo en Alemania, estaba dispuesto a aceptar lo que ellos me ofrecieran. El alemán apuntó algo en una hoja y comenzó a hacer preguntas psicológicas acerca de mis virtudes, mis defectos, que como me veía en cinco años y otras cosas que me parecieron irrelevantes y que me obligaron a exprimir mi mísero alemán y a acudir constantemente al inglés como ayuda. Al final me preguntó si tenía preguntas a lo que yo muy cansado de tanto exprimir mi cerebro y consciente del error le dije que no. No tener preguntas en una entrevista significa falta de atención y no es bien recibido, hay que preguntar algo que denote tu interés, pero yo no podía más. Nos despedimos muy amablemente y el hombre prometió avisarme. En mis datos tenía el teléfono de casa de mi amigo y en ese instante me di cuenta que debía comprarme un celular, o un Handy, como le dicen los alemanes sin todavía entender por qué. Pero el pez se mordía la cola y sin trabajo no debía invertir lo poco que tenía, aunque eso me ayudase a buscar empleo, ya tenía mis gastos con los costos del tren. Al menos tenía un numero de teléfono en mis papeles y pensé con algo de ironía graciosa que, aunque no lo tuviese me hubiera dicho lo mismo: “te llamamos”, porque al final no me iba a llamar, pero eso estaba todavía por ver. La segunda entrevista al siguiente día fue mucho más práctica. La empresa era pequeña en las afueras de la ciudad de Mannheim y trabajaban exclusivamente para Mercedes Benz Buses. Además de las presentaciones y las preguntas de rigor, que incluía por supuesto cuanto quería ganar, vinieron temas técnicos relativos a los programas CAD que utilizaba cosa esta que me agradó. Me excedí acerca del AutoCAD y sus ventajas, pero el alemán que se había presentado como jefe de ingenieros me dijo con cierta ironía que ellos trabajaban en las grandes ligas y el AutoCAD era para las ligas menores. Con amabilidad fingida me llevó a una computadora y me mostró una pieza en 3D en un programa que el llamó CATIA. “Si quieres trabajar con nosotros debes dominar este programa y tenemos que prepararte para ello” y yo quise creer que lo iba a hacer, pero algo me decía que no. No tuve que pasar por el reconocimiento psicológico y la pregunta del salario y la despedida amable de “nos comunicamos” se repitió casi igual que en la anterior.  Aquí estoy ahora en mi segunda casa, el tren, de camino a la primera. Tengo la mente embotada y no quiero pensar. Me agarro a todo mi pensamiento positivo y aprovecho para hacer unas líneas en mi diario, porque escribir me ayuda a relajar y mañana tengo la última de mis cinco entrevistas de trabajo. Escribo también porque con este agotamiento mental y aunque el chequeador de tiques seguro que no me deja roncar, va y no pasa esta vez y si me quedo dormido donde me voy a despertar va a ser en París.