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XIX. 9 de abril del 2001. Domingo triste

16 de febrero de 2021

Hoy domingo estoy más descansado porque no caminé tanto como ayer. Después de la comida más importante del día salí en dirección al museo de Porsche. Ayer en el museo de Mercedes Benz aprendí, que Ferdinand Porsche era uno de los ingenieros principales de Daimler, que era el apellido del fundador y el primer nombre de la empresa en Stuttgart antes de cambiarlo por Mercedes y antes de asociarse con Benz. Porsche quería hacer carros deportivos y se fue a hacer su propia firma, también en Stuttgart y hasta ese lugar fui. Tuve que preguntar para encontrar el museo porque no había nada en la dirección que tenía que lo pareciese, pero estaba exactamente en el lugar. El museo me decepcionó (Nota del autor: el Museo de Porsche hoy, no decepciona) pues solo era un local que parecía una oficina grande con unos quince carros dentro y unos textos delante de los mismos.  Visualmente la imagen del museo dejaba mucho que desear, pero la información e historia resultó interesante y finalmente los precios de los souvenirs eran mucho más baratos y salí muy contento con un llavero de un Porsche 911 en miniatura. De allí salí al centro de Stuttgart a caminar por sus plazas y calles desiertas preguntándome donde se había metido todo el mundo pues la ciudad estaba muerta. En el lago cerca del Schlossplatz aprecié la compañía de una banda de patos y de los primeros cisnes que conocía en persona. La ocasión me impulsó a sacrificar uno de los panes de la merienda para garantizar que estuviesen cerca de mí y poder verlos bien. Cuando terminé de echar migajas, los patos se quedaron cerca de la orilla guanajeando sin ser guanajos, pero los cisnes salieron nadando tranquilamente hacia el centro del lago con su porte majestuoso y sin darme las gracias. Entendí su actitud y salí a caminar por plazas desiertas y grises con la compañía de las campanadas de las iglesias que me recordaban la hora sin necesidad de ver lo relojes. Me resultó paradójico descubrir la misma tristeza de una tarde de domingo cubana, donde ya todos en vez de vivir la alegría de estar todavía en fin de semana, se enturbian la mente con el pensamiento de que pronto se acaba. Me imagino que debe existir algún lugar del mundo donde esa pesadez en el aire de domingo no exista y se disfrute de la fiesta mientras dure, aunque termine pronto. Había pensado ir por la tarde noche a la Fernsehturm de Stuttgart, que es la torre de televisión con una vista sobre la ciudad, pero lo haré otro día. La tristeza me ha vencido y decidí ir al hotel a leer algo después de pasar por un mercado y comprar otra comida que me cueste lo mismo que las salchichas y otro sabor de jugo porque ya estaba que prefería comer pata y panza cubana que otra vez salchichas- Además debía aprovisionarme de champú, pasta de dientes y jabón, pero olvidaba que era domingo. Los domingos en Alemania no abre nada, solo los restaurantes, cafés y museos, así que no me quedó más remedio que comerme las últimas salchichas. Acostado en mi cuarto del hotel comencé a ver la película La Matrix. Lo malo de la televisión es que con tanto comercial un filme de dos horas se vuelve de tres, pero es lo que hay. ¿Y si vivimos en una matrix de verdad? ¿Y si lo que tengo en la mano no es una salchicha? ¿Y si la matrix se resetea y aparezco en Cuba otra vez? Hace falta que la matrix me mande un jabón que el otro se me disolvió entre las manos, un pomo de champú que a este le he puesto tres veces agua para sacar los restos de crema de las esquinas y un tubo de pasta que el que tengo en el baño está abierto por atrás para sacar hasta los restos inutilizables. Las cosas que se empiezan hay que llevarlas hasta el final, como el fin de semana provechoso que hoy muere o el curso de CATIA que tengo que terminar esta semana que comienza, aunque lo único que haga sea concentrarme en las manos del Señor Molina, porque de lo que dice voy a seguir sin entender nada.