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XIV. 13 de marzo del 2001. Analizando el sueño.

9 de febrero de 2021

Ya me queda menos de una semana para que pasen las seis semanas y nada. Aunque no me he dado por vencido de empezar a trabajar en algo que se parezca a lo que estudié, ya me puedo imaginar fregando platos, repartiendo pizzas o entregando cartas. Es verdad que en la industria lo pagan mejor, pero trabajo es trabajo y puedo naturalmente seguir intentándolo porque ya de los doscientos dólares solo me quedan cincuenta y no quiero imaginarme a mi esposa diciéndome que ya tengo que trabajar porque la voy a mandar pal carajo y me voy a ganar un pasaje gratis a Cuba, pero deportado. Ahora que escribo esto, ya van dos veces que sueño la misma pesadilla terrible: Estoy en Cuba y no puedo salir a pesar de gritar y explicarles a todos que yo vivo en Alemania, pero nadie me hace caso. De pronto y sin saber cómo, aparezco subiendo la loma de Puentes Grandes en La Habana con una gorda sentada en la parrilla que me dice con tremenda chusmería “mira que te gusta comer pinga, déjate de creerte lo que no es, aprieta el culo y dale a los pedales  que no vas ni por la mitad de la loma”. Casi no escucho lo que dice al final de la frase porque en sentido contrario baja una ruta 61 a todo meter y pienso (en el sueño se piensa también) que en vez de subir la loma mejor me meto con bicicleta y gorda incluida contra la guagua. En ese momento siempre me despierto empapado en sudor y llorando de desesperación, más por la gorda que por la guagua.  Cada vez que sucede esa pesadilla, que por suerte no es con frecuencia, no duermo más en toda la noche por miedo a enganchar el sueño en el mismo lugar donde lo dejé y que al no existir tráfico en la calzada de Puentes Grandes, tenga que subir la lomaza con la gorda en la parrilla. Debería informarme si el psicólogo lo incluye el seguro médico para cuando lo tenga ir a analizar el sueño, aunque nada más pensar que tengo que traducirlo al alemán, se me quitan las ganas. Que el sueño signifique lo que sea, da igual, además no encontraría una traducción adecuada a “no comas pinga” o “aprieta el culo y dale a los pedales” en alemán. Esas frases traducidas literalmente no las entiende nadie. Y volviendo al seguro médico, me preocupé mucho esta semana porque parece que el bicho que traje de Cuba se activó con el frío y estuve dos días sin salir del baño. Por suerte en las farmacias alemanas las medicinas se desbordan de los estantes y después de dos horas para buscar las palabras en el diccionario logré aprenderme algunas frases que parece que la farmacéutica entendió y me vendió unas pastillas para trancar. No entendí bien la dosis, tenía que haberle dicho que la apuntara, y creo que tomé algunas pastillas de más porque como la vez que me comí el saco de guayabas verdes llevo cuatro días que nada más entro al baño a lavarme los dientes y a orinar. Hoy lo intenté y desistí a la hora porque los músculos del abdomen los he contraído en ese tiempo más que en todas las abdominales hechas en mi vida.  Yo creo que lo que tengo en el intestino es una pelota de beisbol y hasta extraño las descomposiciones de estómago.

También esta semana fui al Banco de Sparkasse a sacar mi cuenta bancaria. Fue una experiencia interesante ver a un banquero vestido de traje invitándote a pasar a su oficina, ofrecerte café, explicarme con interés las ventajas de tener una cuenta en su banco y mil cosas más. Yo me quedé sentado disfrutando sentirme persona y haciéndome el que meditaba. Me motivó mucho que ese banquero no veía en mi un tipo sin un quilo, veía a un cliente y me trataba como tal. Él sabía que yo empezaría a trabajar más pronto que tarde y que el dinero comenzaría a fluir. Su confianza me dio fuerzas y una seguridad asombrosa en que pronto lo lograría.  Ya le había dicho adiós para siempre a los sobrecitos llenos de billetes viejos a fin de mes. De todas maneras, voy a extrañar ese momento en que me entregaban ese dinerito que ni dos semanas me duraba. Aquí tengo que sacar un estado de cuenta, claro que ahora no saco nada porque el cero va a parecer tan grande que me va a asustar, pero paciencia que poco a poco crecerá el numerito en el papel. El hombre que me atiende lo sabe mejor que yo. Por cierto, que rico está el capuchino que me ha traído este banquero que hizo en la máquinita automática de la esquina. Tengo tremendas ganas de pedirle otro, pero voy a parecer un muerto de hambre. Orgullo, ante todo, aunque no tenga ni para un durofrío. En cuanto me paguen el primer salario, como si es de lavaplatos, me tomo un capuchino sentado como un ser humano en un café.

Había hecho una pausa de escritura y ahora estoy contentísimo pues acabado de escribir «café» me entró un retorcijón que si no me apuro ocurre una desgracia. Ahora me siento un hombre nuevo e incluso se me ocurren buenas ideas.  Todavía no tengo respuestas de trabajos, tampoco he recibido negativas, sin embargo lo más importante es que cagué. Eso normalmente no debería ser motivo de júbilo, pero si alguien está casi cinco días sin ir al baño, cuando sueltas la carretilla de desperdicios acumulados te sientes mas feliz que los enanos cuando vieron a Blancanieves.  Estoy más ligero sin duda de cuerpo y de alma. Ya no aguanto más y he decidido que voy a llamar por teléfono al joven amable de la última entrevista. Para no parecer desesperado le diré que tengo otra oferta de otra empresa y que me gustaría escuchar su decisión final porque trabajar con él me interesa más. Que me diga que no si quiere, pero por lo menos salgo de esta incertidumbre que me enferma. Ya tengo el teléfono en la mano y estoy marcando el número escrito en la tarjeta que me entregó en la entrevista. Da timbre, que sea lo que Dios quiera.