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XV. 22 de marzo del 2001. Si quieres ayudar a un hombre, dale un trabajo

10 de febrero de 2021

Pues sí que fue una buena decisión haber llamado, el joven que me atendió en la entrevista volvió a ser amable y me felicitó. Yo muy ingenuo le pregunté por qué y me respondió que ya tenían que haberme contactado de otra filial pues habían decidido hacerme el contrato y enviarme a la oficina de la ciudad de Mannheim porque allí tenían más opciones. Cuando me dijo eso me dieron ganas de saltar de alegría, pero me contuve y me pidió que lo llamase en quince minutos otra vez para aclarar el malentendido. A los quince minutos exactos volvía a llamar y me preguntó si quería que me mandaran el contrato por correo o lo podía ir a buscar personalmente a Mannheim y así conocía al jefe de la empresa en ese lugar. No dudé ni un segundo en darle el sí y en los otros quince minutos ya andaba sentado en mi segunda casa desesperado por tener finalmente un contrato de trabajo en mis manos.

En la oficina me recibió un hombre con cara de pocos amigos y me felicitó con molestia mal disimulada por mi contratación. Yo estaba tan contento que no me importaba su antipatía evidente.  Hablé un rato con él en Ingles y de pronto sin avisar comenzó a hablar en alemán bien rápido, con el obvio objetivo de que no lo entendiera. Yo intentaba responderle algo en mi alemán de niño de cuatro años, pero evidentemente su rostro mostraba el desagrado por lo que oía.  El hombre de un acento alemán perfecto y con un apellido que delataba su ascendencia no alemana, habló entonces en ingles con acento molesto e impositivo para decirme que tenía que hablar bien alemán. Tragué en seco antes de decirle que yo solo llevaba dos meses en Alemania y que estaba haciendo mi mayor esfuerzo. Su respuesta dura de un “no es suficiente” fue un golpe en mi abdomen, pero aguanté como un hombrecito. Si en Cuba había asistido obligado a miles de trabajos voluntarios sábados y domingos, sin recibir nada a cambio, no me costaba aguantar a una persona desagradable, que tampoco me faltaba el respeto, para asegurar el contrato que tenía bajo el brazo. El jefe del lugar, al que no le acepté café porque tampoco lo ofreció, se despidió informándome que el primer día de abril me esperaban en Stuttgart para pasar un curso de CATIA, que era el nombre del programa CAD de grandes ligas que me habían enseñado en una entrevista anterior. Cuando quise preguntarle detalles del curso, me interrumpió aclarando que todo estaba bien detallado en los papeles. Acto seguido extendió su mano y casi empujándome con un “Viel Erfolg” (muchos éxitos en español) falso, que quiso decir todo lo contrario, me acompañó a la salida.

La parada del tren no estaba muy lejos y tuve que apurarme para tomar uno que casi echaba a andar cuando llegaba. Con las manos temblorosas puse los papeles encima de la mesa del segundo piso del tren y elegí abrir el sobre más gordo de todos los que tenía en la mano. Allí estaba escrito mi nombre completo en letras más oscuras al lado de las iniciales de la empresa. El contrato iniciaba a partir del primero de abril como Konstrukteur que es Diseñador Mecánico en castellano y me pagaban 4200 Marcos alemanes al mes, unos dos mil dólares. Para divertirme me puse a contar cuánto dinero era al año y tuve que repetir por lo menos cinco veces la cuenta porque no me creía el número que salía. En una de las paradas intermedias la tensión acumulada que seguía rebotando dentro del tren escapó por una puerta abierta desde afuera y quedé en una euforia placentera de gritos salvajes hacia dentro de mí que duró el resto del viaje. No era la primera vez que me ocurría, pero nunca dejo de sorprenderme del resultado.  Cada vez que logro algo muy deseado por lo que he luchado, sucede un momento de alegría incontenible que resulta demasiado corto, para después conectarme con el próximo objetivo y no regodearme tanto en lo alcanzado. Estaba más tranquilo, pero me quedaba muchísimo por delante y apenas era la oportunidad de demostrar que yo sí podía. El juego apenas comenzaba.

Lo primero que hice fue pensar en la posible lombriz solitaria cubana que creía tener y le envíe un aviso telepático de que sus días estaban contados. Con el contrato de trabajo me fui a la primera oficina del seguro médico que encontré: AOK Rheinland Pfalz. En Alemania hay dos tipos de seguro: los privados y los estatales. En los dos estas totalmente cubierto, solo que en el privado te atienden más rápido y el servicio es mejor, pero los estatales están bien y son mucho más baratos. En el estatal se paga un 7 % del salario bruto y el otro 7% lo tiene que pagar el empleador. Como ese dinero sale automáticamente de la nómina tienes la sensación de que el servicio médico es gratis porque solo vas al médico con tu tarjeta y no pagas nunca nada. Le pedí dinero prestado a mi amigo con la garantía de devolución con el primer salario y me compré el teléfono celular más barato que encontré pues me esperaban días azarosos a principios de abril. Caminando por la ciudad me decidí ya que iba a tener algo de dinero pronto a mirar en las concesionarias de carros y los precios me asustaron cuando calculé que cantidad de dinero necesitaba ahorrar y por cuanto tiempo para comprarme el carro que quería pues no quería pedir dinero prestado al banco. El teléfono me resultó más barato de lo esperado y por eso ya sintiéndome una persona con trabajo y que puede mantenerse me senté en una cafetería a tomarme un capuchino que me sirvieron con una galleta de chocolate. El café con leche espumoso me supo a éxito y me felicité por el primer paso. Andaba con una mochila y todos los documentos dentro. Saqué los otros sobres y comencé a verlos con detenimiento. El primero que vía era un montón de formularios para llenar con datos de cuentas de banco adonde pagar, datos del seguro médico y otras informaciones personales que volví a guardar para llenarlas en la casa. El segundo era todo lo relativo al curso de dos semanas en Stuttgart. Me pagaban un hotel y me dejaban su dirección, así como la del lugar del curso. Tenía que buscar direcciones y trenes para llegar a esos lugares el primero de abril, solo y en tiempo. La mesa del nuevo reto ya estaba servida con la única opción de comérmelo todo y no dejar ni las migajas, estaba claro por dónde empezar.