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XVI. 2 de abril de 2001. Galleticas con crema

11 de febrero de 2021

Como no podía ser de otra manera, empecé por el inicio con la idea bien clara de que había que llegar hasta el final. Reconozco que tuve un poco de miedo de irme solo a perderme por Stuttgart, pero el tiempo de las indecisiones había quedado atrás. Hubiera preferido empezar en un lugar sin tener que andar de viajante por ahí y comprendí la forma de actuar del destino cuando te ofrece lo que deseas mucho, te quita algo en cambio o te pone una prueba para que te hagas merecedor de lo que quieres. Yo no iba a desistir y entendí la situación como una manera rápida y eficiente de aprender a desenvolverme solo en Alemania. Me puse manos a la obra de prepararme para el viaje y reconozco que sin internet el problema se hubiese multiplicado por diez.  En la red busqué las direcciones del lugar donde tendría lugar el curso y el del hotel, además de la línea de buses que los unía y donde estaban las paradas. No tenía como imprimir, pero hice un croquis aproximado en un papel con las direcciones y calles cercanas para orientarme. Revisé las conexiones de trenes y decidí que como el curso comenzaba a las 9 de la mañana, era mejor ir directo a la escuela y luego al hotel. Tenía que cambiar dos veces de tren, primero en mi tren de dos pisos hasta Mannheim y allí tomaba otro hasta la estación central de Stuttgart, donde debía buscar un tranvía que me dejaba como dos kilómetros del lugar del curso y decidí caminar ese último tramo porque ya no me iba a poner a buscar otro bus más. Metí un bulto de papeles con direcciones, croquis y apuntes en un file y comencé a hacer una maleta simple para dos semanas. Casi se me olvida meter en la maleta el jabón, la pasta de dientes y el champú, aunque podría haberlos comprado por allá, pero estaba en ahorro máximo pues me faltaba un mes para cobrar. Cuando finalmente los metí me pareció estar en Cuba porque el jabón era una astilla de menos de un centímetro de ancho, a la pasta le quedaba solo un dedo y al pomo de champú había que darle por atrás para que saliera algo. Claro que así mismo los metí porque para una semana alcanzaba y como había dicho anteriormente, hay que llegar al final, y el final de un tubo de pasta, un jabón o un champú sucede cuando la materia deja de existir y no queda absolutamente nada para hacer el cuento. Mi primer día de asalariado, todavía sin cobrar un quilo, me levanté a las cuatro de la mañana para poder llegar temprano al centro de entrenamiento de mi empresa (ya puedo decir mi empresa y todo). En la máquina automática compré el ticket poniendo el lugar del destino final que era el barrio de Stuttgart Degerloch donde estaba el lugar del curso y ese mismo ticket me servía para todo el trayecto. Tomé el tren de dos pisos y me quedé en la estación central de Mannheim y después de comprobar en un mural amarillo gigante con todas las llegadas y salidas de trenes, la hora y el andén del tren a Stuttgart me fui a desayunar porque tenía que esperar media hora.  Seguí desarrollando mi adicción al capuchino y lo acompañé con un Bretzel que siempre es lo más barato en la cafetería. El tren como siempre vino a la hora exacta y encontré con muchísima dificultad un asiento vacío donde sentarme. Este segundo tren demoraba más y por primera vez pensé sobre el curso, me alegraba enormemente poder conocer ese programa tan útil, pero me asaltó la preocupación de si iba a entender algo de lo que hablaran. No quise pensar mucho en eso pues cuando sucediera ya vería como salir del atolladero y me quedé dormido con la cabeza colgando para delante. Por suerte los chequeadores de tickets no dejan dormir a nadie y llegué sin problemas a la famosa ciudad de Stuttgart. Cuando me bajé del tren lo primero que pensé fue “¿ahora para dónde voy?”, pero por inercia seguí adonde iba la mayoría de la gente hasta que desemboqué en una sala gigante donde todo el mundo iba para un lugar distinto. Tanta gente junta me aturdió y decidí salir al aire libre a organizar mis ideas y porque afuera también había buses y tranvías. Me fui un poco nervioso a una esquina y comencé a revisar mis papeles y mirando las señales y toda la información que tenían, descubrí que había trenes cuyo nombre empezaba son S y otros que empezaba con U, precisamente era uno de estos los que debía tomar. La cosa mejoraba un poco y regresé al hormiguero de alemanes en todas direcciones a buscar mi tren, tampoco había mejorado tanto porque había decenas de U distintos y para todos lados. Tranquilamente vi el número y sin estar seguro de haber tomado la dirección correcta bajé al andén. En el andén la cosa tampoco es fácil porque ahí paran sin exagerar unos diez trenes distintos y tienes que estar seguro que tomas el tuyo, aunque lo puedes ver en las pizarras donde se anuncia. Dentro del tren me alegré mucho porque revisando los papeles me di cuenta que no me había equivocado y solo me quedaba la caminata final, pero había tiempo. Estuve todo el tiempo viendo el plan de todos los trenes de Stuttgart que se veía en una pared y buqué el numero del tren donde estaba montado revisando todas las paradas que hacíamos. En la parada que me tocaba no tuve dudas y salí contentísimo con el croquis en mi mano a buscar la dirección que parecía fácil después de toda la aventura con el transporte en Stuttgart. Llegué sin problemas media hora antes y cuando entré me sorprendió lo bien organizado que estaba todo. Mi nombre estaba encima de una mesa frente a una computadora y debajo decía Curso de CATIA y el nombre del profesor: Herr Molina. Molina, pensé que estaba salvado, pues ese nombre era hasta hispano, seguro que el hombre hablaba español y me froté las manos preparándome un café con galleticas, pues en el local había una cocinita donde se podía tomar todo el café que quisieras y las cajas de galleticas se contaban de diez en diez. Los alumnos fueron llegando y a las nueve llegó Herr Molina que más latino no podía parecer. Lo primero que le pregunté después de saludarlo y presentarme fue si hablaba español. Me tumbó la emoción para el piso cuando me dijo que su padre era puertorriqueño, pero que lo único que sabía decir en español era “una cerveza por favor” y en un acento que ni se entendía.  La buena noticia es que Molina me da el curso a mí solo y por lo menos veré que hace porque entenderlo no creo que pueda mucho. Esto lo escribo en una pausa de café, aprovecho y me embuto de galleticas y no tengo que gastar dinero en el almuerzo, porque aquí hacen más pausas de café que pulgas en un perro sarnoso. Por cierto, no he visto todavía un perro callejero aquí en Alemania, seguro que los esconden.  Uyy, que rica está la galletica con crema por dentro, voy a coger dos más. Yo no sé si en estas dos semanas voy a aprender algo, pero de que me voy a dar una metía de galleticas con crema, no tengo la menor duda. Me llaman.