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XVIII. 8 de abril del 2001. Sábado al fin

15 de febrero de 2021

Es sábado por la noche y estoy hecho leña. He andado casi todo el día a pie por la ciudad de Stuttgart y no exagero si digo que me he acercado a los 42 kilómetros de la Maratón, pero ha valido la pena. He conocido bastante de una de las ciudades más importantes de Alemania, la capital del estado de Baden Würtemberg, uno de los más ricos e industrializados del país. Me llamó mucho la atención que apenas llega al millón de habitantes y está en una especie de meseta entre las montañas. Cada ciudad de Alemania se destaca especialmente por algo y Stuttgart es la ciudad de Mercedes Benz.  Aquí nació la patente del motor de combustión interna y por tanto la base de los automóviles modernos. Después de un desayuno majestuoso con muy pocos huéspedes, la que atendía el hotel a mis preguntas sobre los lugares de Stuttgart, muy amable me propuso que preparara algunos belegte Brötchen, que es pan pon algo dentro en alemán, para que me los llevara. Le hice caso y me alegré porque, aunque lo había pensado no me animaba a hacerlo pues no quería parecer muerto de hambre.  Ya con la comida resuelta hasta el pan con salchicha de la noche no me costó trabajo elegir mi primera visita del día: el museo de Mercedes Benz. Tomé un tren hasta la estación central y allí cambié a otro que me dejó a una cuadra de los talleres de Untertürkheim, que están justo enfrente del estadio de futbol del equipo de Stuttgart.  EL museo es un edificio que está dentro de la fábrica más grande que he visto jamás. Realmente no es una fábrica, más bien una ciudad mediana llena de calles, edificaciones, talleres y muchísimo movimiento de personas, carros y montacargas. Para entrar nos recogieron en una guagua a la entrada de la fábrica ciudad y nos llevaron hasta la puerta del museo, que por cierto era gratis. (Nota del autor: En el 2001 el museo de Mercedes Benz estaba dentro de la fábrica y era gratis, hoy, el museo nuevo, mucho más completo que el anterior, está a la entrada de la fábrica y no es gratis). A la entrada del museo tomé un sistema de audio en español y estuve mínimo tres horas en una clase de historia muy interesante acerca de la marca de la estrella. Antes de salir quise comprar un souvenir, pero los precios me asustaron. No me importó comprar una bobería que seguro iba a extraviar en menos de un mes y salí caminando muy alegre por la orilla del rio Neckar por haber aprendido mucho. Unos metros después de pasar un puente por donde se veían autos y trenes, pude cruzar del otro lado del río por un puente peatonal y me encontré con la entrada del famoso zoológico de Stuttgart cuyo nombre es Wilhelma. No me pareció un nombre apropiado para un lugar tan famoso porque Wilhelm es Guillermo en alemán, por lo tanto, Willhelma debería ser algo así como Guillermina y ese era el nombre de una vieja chivatona que conocí en Cuba. Tampoco eran apropiados para mi bolsillo raquítico los precios para entrar al zoológico y sin renunciar a regresar en mejores condiciones, decidí descansar un poco en una inmensa zona verde al lado de este que es el Rosensteinpark. Sentado en una piedra me activé con uno de los panes con jamones preparados con esmero y sin restricciones de jamón en el hotel, y con ánimos renovados descubrí el castillo del lugar y el museo de ciencias naturales.  Ensimismado de tanto verde en medio de una ciudad tan grande seguí paseando hasta que me sorprendí de encontrarme de nuevo con la estación principal de trenes, después de pasar un planetarium donde intenté leer sin éxito los programas de las presentaciones. Dejé el Hauptbahnhof detrás y entré guiado por la muchedumbre en una zona peatonal que desembocó, varias cuadras adelante, en la sin dudas plaza central de la ciudad: La Schlossplatz. Un lugar magnífico rodeado por cafés y coronado con una fuente, una especie de mini glorieta que me recordó a algún parque de Cuba y al final, un majestuoso castillo moderno.

Decidí sentarme en un café a tomarme un capuchino y a mirar las gentes caminar por un lugar muy bello pero que de alguna manera le faltaba algo. No sé si era yo que necesitaba tiempo, el sol, la temperatura, el bullicio, el movimiento, la música o los colores vivos inexistentes, pero deseé estar en la Habana de los años 50, la que me contaba mi abuelo y no existía más, porque de haber existido no hubiese tenido el valor ni el deseo de abandonarla. En ese instante me volvió a atacar mi duda existencial del motivo verdadero que me hizo dejar Cuba y rechacé al instante la necesidad de todo ser humano de viajar y conocer lugares bellos. En Cuba también hay lugares maravillosos y me quedaron muchísimos por descubrir, tal vez cuando regrese de vacaciones visite algunos. En el café me puse a leer un libro que traía hasta que se hizo de noche y decidí regresar al hotel. Antes de tomar el tren entré en un mercado en la ciudad y me compré una lata de capuchino instantáneo y un paquete de galletas porque hoy paso del pan con salchicha.

Aquí estoy en el cuarto del hotel acabado de bañar y con los pies en alto. Mañana domingo voy a regresar al centro de la ciudad que me faltó mucho por ver. Menos mal que estoy muy cansado porque esta soledad de sábado por la noche es un poco triste y además el capuchino disuelto en agua caliente es tremenda mierda. «Agua e chírria» diría mi abuelo, pero voy a ser sincero y a confesarles que la culpa es mía porque decía en la lata que para una taza de agua eran cuatro cucharadas de polvo y yo solo le puse dos. Es que la gente aquí es muy exagerada y quería estar seguro para ahorrar, mañana pruebo con tres.