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XXI. 18 de abril del 2001. Rabia

18 de febrero de 2021

Tengo una rabia que me enciende por dentro y lo peor es que me la tengo que tragar. Estoy sentado en un banco tratando de calmarme y ya le he dado dos piñazos con el puño bien cerrado al descansabrazo de metal, pero tengo que calmarme. Me gustaría reventar la mochila contra el suelo para ver si saco toda esta ira terrible que me come por dentro, pero estas tú, mi diario dentro y salvando tu vida logras tranquilizarme. Escribir es un consuelo y es lo único que puedo hacer ahora para relajar. El martes cuando llamé temprano a mi jefe, la secretaria me dijo que llamara más tarde. No es una situación muy cómoda para mí porque, aunque tenga trabajo, no estoy haciendo nada y tengo seis meses de prueba. En este tiempo me pueden despedir en cualquier momento sin tener que dar una explicación por ello. Repetí la llamada a la hora y esta vez sí hablé con el hombre. Me resulta muy incómodo hablar con ese tipo porque todo en su comunicación conmigo me grita que no me quiere ahí y que va a hacer todo lo posible por sacarme. Sin ocultar su molestia me dijo que tenía que estar en su oficina al día siguiente a las 8. De alguna manera pensé que ya iba a empezar y me alegré un poco, sin embargo, hoy en su oficina la alegría me duró poco. Después de los saludos de cortesía me dijo en tono molesto y en idioma alemán hablado con prisa, porque parecía que él no esperaba y deseaba otra cosa, que en el curso le habían hablado muy bien de mí, que era muy bueno con el sistema aprendido, pero, porque siempre hay un “pero”, no hablaba bien alemán. En esta última parte lo sentí regodearse y en ese instante descubrí al lado de mi corazón y entre los dos pulmones como un hilo de rabia comenzaba a brotar de la nada. El hombre, más cómodo, mostraba cierta satisfacción mientras me exigía un buen nivel de alemán y me decía que así no podría insertarme en el mercado laboral con éxito y otras cosas por el estilo que no escuché bien porque la rabia líquida ya me encharcaba la mitad de los pulmones. Casi sin poder respirar, me defendí de la golpiza aclarándole que apenas llevaba dos meses en el país, pero mi interlocutor no me escuchó.  Se alegró de mi mirada amenazadora y desafiante como se alegra un depredador cuando huele el miedo de la víctima, porque sabe que su objetivo está cerca.  Ahora mientras escribo me doy de cuenta que su meta era sacarme de mis casillas, hacerme explotar para darle el motivo que ansiaba con todas sus fuerzas. Probablemente él no sabía que los niveles de aguante mío son sobrenaturales. Son años asistiendo a trabajos voluntarios en fines de semana a los que no quería ir, marchas y levantadas a las cinco de la mañana para que te vieran caminar por la plaza, escuelas al campo obligadas para que no te marquen y evitar un problema, así como miles de detalles que había tenido que tragar de gratis en Cuba. Del salario que me pagaría el hijoeputa que tenía delante dependía mi subsistencia, por lo tanto, aunque tuviera que apelar a la mansedumbre de la que había huido, tenía que aguantar. Mi interlocutor al notar que mi contraataque se quedaba en la mirada desafiante cambió de estrategia. Aparentó olvidar el tema y se puso a hablar de la manera más rápida y rebuscada posible el alemán. Mi comprensión se redujo al mínimo, aunque me pareció que hablaba de los clientes y las ramas en la que había posibilidades de trabajar. Entonces hizo la pregunta que todavía tengo metida en la cabeza: Woram möchten Sie arbeiten? Y yo no entendí que me estaba preguntando.  Los principiantes en el alemán, aprenden los pronombres interrogativos básicos como el Was, Wo, Wie, Wann, Wer, que significan Qué, Dónde, Cómo, Cuándo y Quién, pero hacer una pregunta de esa forma sin utilizar un pronombre simple y hecha de manera rápida denota sin duda que quieres confundir y molestar a tu interlocutor si este no es muy ducho en el idioma. Ya habíamos dicho que me había propuesto no estallar y aunque no entendí nada no quise darle el placer de reconocerlo, ni de observarle su cara de satisfacción o escucharle otra cantaleta de que no hablaba bien alemán. Me arriesgué entonces asumiendo que me preguntaba si me sentía preparado para comenzar a trabajar pues lo único que había entendido era la palabra “arbeiten” que significa trabajar y le respondí que sí con confianza. El hombre repitió entonces la pregunta nuevamente en un tono más alto y yo que pensé que no había oído mi respuesta afirmativa se la repetí. Al instante no tuve dudas de que estaba sordo porque repitió con cierta molestia agresiva la misma pregunta y yo más alto todavía le dije que sí, que estaba perfectamente preparado. En ese instante aquel hombre explotó y alzando la voz en la frontera del grito, pero con un tono de regaño hiriente me dijo esta vez en inglés que no le dijera más que sí, que él no me estaba preguntando si estaba listo o no que el me preguntaba en que quería trabajar. La ira que ya me inundaba los pulmones subió por el esófago y me comenzó a llenar la boca, pero me recordé en medio de un cañaveral cubano limpiando caña de gratis y tragué. «Lo siento», le dije, «no lo entendí antes, me gustaría trabajar en la industria automotriz». Mi voz sonó directa y serena, pero dura, sin temblar, mirándole fijamente a los ojos, cagándome en su madre por dentro y con ganas de tumbarle la sonrisa falsa de un buen piñazo. el muy cabrón tenía mil formas de hacer esa pregunta mucho más simple y había escogido la más complicada. Sin embargo, cuando le sonreí noté su sorpresa ante mi sonrisa real e imponente. Algo dentro de mí se alegraba de decirle que no me iba a joder, que no me iba a hacer explotar, que ante todo iba a pensar en mí y si quería botarme lo tenía que hacer como un hombre, de frente y sin buscar atajos. El hijoeputa se quedó algo perplejo y no tuvo más remedio que terminar con un OK cobarde. Me pidió que estuviese atento a su llamada donde me avisaría para visitar al primer cliente y me recordó que ellos me estaban pagando un salario. La palabra «natürlich» que significa «por supuesto» salió de mi boca cuando me levantaba y le estiraba la mano para despedirme sin dejar de mirarlo a los ojos que me evitaban. Su mano blanda me dio asco y encontrarme con su perplejidad me ayudó a reprimir el deseo enorme de al menos ofenderlo. Ahora estoy en este banco rememorando toda la conversación y aunque me alegro de haber mantenido mi compostura, la rabia sigue dentro, quemándome por no haberle partido la cara. Ya lo escribí y me siento mejor, probablemente ya me estoy civilizando. La rabia no tendrá más remedio que volver a disolverse en el torrente sanguíneo, debe ser por eso que ahora me estoy meando. Si el tren no llega rápido me voy detrás de cualquier arbusto. No sé por qué, pero me viene a la mente ahora la primera y única vez que cambié de trabajo en Cuba. El jefe no entendía mi partida y me daba un sermón que yo no escuchaba porque mi decisión ya estaba tomada. Como no lo oí no recuerdo sus palabras exactas, pero creo que más o menos decía: “No puedo entender por qué te vas, nadie te va a maltratar tan bien como nosotros”.