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XXIX. 14 de mayo del 2001. El pueblo perdido

9 de marzo de 2021

Hoy he trabajado por primera vez y parece que a pesar del tiempo no se me había olvidado. La empresa que me subcontrata está en el lugar más intrincado que he visitado en Alemania. Salí temprano de Karlsruhe y el cohete se portó con decencia detrás del flamante Alfa Romeu de mi jefe. Cada vez que pensaba que habíamos llegado, seguíamos de pueblito en pueblito hasta que llegamos a Menzingen, un lugar apartado en una región de nombre Kraichtal.  Después de mi peregrinar en entrevistas y cursos por este país me he dado cuenta que las ciudades grandes no están superpobladas, tenemos el caso de Stuttgart que siendo la capital del estado y una de las urbes más importantes de Alemania, apenas llega al millón de habitantes. Esto se debe a que la industria y los puestos de trabajo están distribuidos de manera bastante uniforme por toda la geografía del país y en lugares apartados como este donde trabajé hoy, con alquileres y costes de vida más baratos, se puede encontrar fácilmente formas de ganarse el sustento. El lugar está muy bien, es una empresa que se dedica a filtros industriales y tienen un departamento de desarrollo de productos donde trabajaré como utility. Yo le digo así porque apoyo el trabajo de los ingenieros, cosa que me parece perfecta porque necesito mejorar mucho el alemán. Lo primero que estoy haciendo es crear una biblioteca virtual en 3D de todos sus productos pues hay muchos de estos de los que solo tienen los planos o dibujos técnicos y la industria moderna se basa en el diseño virtual en 3D. Los compañeros de trabajo son muy amables y me llevaron a almorzar a un comedor obrero o Kantine como le dicen aquí, pero por su limpieza y calidad de la comida parece un restaurante. Ya quisieran muchos restaurantes habaneros parecerse a esta Kantine de trabajadores en este pueblo perdido. También se puede pedir la comida de un menú semanal a una empresa de Catering que ofrece el servicio, pero prefiero ir a la Kantine con mis compañeros de trabajo que me preguntan constantemente si necesito algo. Hay incluso uno muy amable que está aprendiendo español y me atosiga con palabras mal dichas que sin problemas y con placer se las corrijo porque me satisface poder reciprocar su atención. Estoy sentado en un buró muy amplio con una computadora super rápida para mí solo, muy cerca de la oficina del jefe técnico y a un lado de una secretaria de quien no entiendo ni una palabra. En estos tiempos de viajes en el cohete siempre pongo el radio con estaciones en alemán y me doy cuenta que poco a poco voy entendiendo mejor pero aquí en el trabajo y sobre todo con esa mujer no entiendo nada de nada. Me alivió un poco cuando le reconocí a mi compañero de trabajo y estudiante de castellano que me costaba entender todavía un poco a algunas personas y le puse el ejemplo de la secretaria del jefe. Le dio mucha risa y el también me confesó que le costaba trabajo, pues esa mujer y muchísimas personas de esa firma hablaban el dialecto Schwäbisch. Eso me alivió un poco porque ya yo me estaba sintiendo como un tipo sin posibilidades de aprender otro idioma extranjero, pero tampoco solucionó el problema de entender. Fue un día muy productivo porque le puse mucho interés al trabajo que me dieron para una semana y casi lo tengo terminado. El problema principal es el lugar donde está el trabajo; son más de ochenta kilómetros hasta mi casa, pero casi todos esos ochenta kilómetros suceden por dentro de poblados, calles de poca velocidad y no pocos semáforos. Eso hace que esa distancia lo más rápido que probablemente la haga, como en el regreso de hoy, sería en una hora y media, pero si hay mucho tráfico son sin exagerar dos horas de viaje. Desde ahora ya estoy sufriendo por tener que levantarme super temprano.

Llegué hoy de noche a la casa y solo encuentro fuerzas para escribir un poco. Estoy cansado pero contento y a pesar de las dificultades no está nada mal. Ahora pienso que tal vez me apresure alquilando este apartamento, pero creo que no por el buen precio que tiene que compensa manejar tanto y porque no creo que aquel lugar sea para siempre, aunque eso está todavía por ver.  Ahora antes de sentarme a escribir pasé por la cocina y allí tendré que hacer los primeros arreglos. El piso de linóleo que tenía mete miedo. Voy a ponerle un piso de madera nuevo y comprar un fregadero que no desentone con el estante para guardar cosas que al final no llegué a botar. Tengo trabajo por todos lados y eso me va a entretener mucho, pero se queda para el fin de semana porque de lunes a viernes lo que más voy a hacer es manejar. Espero que mi diccionario y mejor amigo comprado en el bulevar de la calle Obispo no se ponga celoso del cohete y el tiempo que nos espera juntos. Hoy en la hora y media en que regresábamos conversé con el cohete acerca de un hipotético caso de rotura, accidente o casualidad que me ocurriese en el medio de la vía. Sucedió en uno de los pocos tramos de autopista del camino y como el cohete se hacía el que no me escuchaba, apreté el acelerador para exigirle una respuesta, pero a mi carro no le gusta hablar de eso y ante mi insistencia se puso a bufar con la garganta ronca y a temblar con todo su cuerpo como una maraca metálica desafinada. Al final lo dejé en su molestia y cambiando de tema me puse a contarle que del lado de allá de la carretera no es una pared de árboles que pintan un bosque lo que existe, sino el mar que te deja siempre ver la línea que lo separa del cielo , que ese olor limpio que respira no es de hojas secas, es de  humedad salada que penetra densa en los pulmones y que eso que el cree que es una zanja perfecta por donde pasa el agua que sobra no es tal, es un muro que separa lo sólido de lo líquido, los sueños de la realidad, la ciudad de la nada, la calma de la furia, lo seco  de lo mojado e incluso la vida de la muerte. Un muro en el que me siento cada vez que cierro los ojos de este diario que no puedo dejar de escribir. Por tu madre cohete, no me hagas caso, pero no me dejes nunca tirado.