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XXXIX. 15 de noviembre del 2001. Pan con guayaba

22 de abril de 2021

Estoy enfermo y es que a mí el frío no me hace bien, pero peor que el frío son los días grises repletos de tristeza suficiente para comer y para llevar. Días sin luz donde el cielo se repleta de ganas de llover, pero la melancolía se lo impide. Las ganas de achicharrarme al sol en la acera del bobo se multiplican en mi subconsciente y sueño con el deseo de abrir una cortina de un tirón para que me sorprenda el cono luminoso tomando posesión instantánea del cuarto a la vez que giro mi rostro como un vampiro temeroso de la claridad. Ayer leí en un periódico online que en los países escandinavos la falta de luz es mucho peor y que las depresiones por este motivo son más comunes que la basura sin recoger en una esquina habanera. Allí lo solucionan con la terapia de claridad, o sea, acostar al hombre o a la mujer tres horas debajo de un farol. Si de eso se enteran en Cuba seguro que lo aplican para la depresión y me pregunto si funcionaría. Me voy al pasado en busca de la respuesta y me imagino esperando una guagua que hace dos horas no pasa. Si hubiese sabido que derretirse al sol tiene sus ventajas porque tiene más luz no me hubiera quedado en la sombra, aunque a las 12 del día el sudor me empapara hasta las nalgas y se colara debajo de los brazos hasta disolver el desodorante de pastica que huele a pescado chicharro frito. Mejor dejo de pensar en eso porque yo estoy vacunado contra la depresión y por muy gris que se ponga el día no es para sentarme debajo de un farol a que se me pase la angustia, además, eso del desodorante de pastica derretido me ha dado ganas de vomitar. Ya había escrito que estoy enfermo, pero tampoco ENFERMOOOOO, es solo que el atún que me comí ayer estaba malo o era cubano y cubano con cubano no pega. A las cinco de la madrugada me despertaron unos retorcijones de estómago, ahora son las nueve y todavía sigo sentado en el trono. Apenas me levanté para buscar el diario a escribir y por poco me cuesta caro la gracia. Al trabajo ya llamé, la secretaria me dijo que no me preocupara y cagara tranquilo, bueno, eso último no lo dijo, pero lo pensó. En Cuba me imagino que mi jefe no me hubiera creído, pero aquí hasta me desearon una pronta recuperación y como saben que soy primerizo me informaron que si falto hasta tres días no necesito ningún certificado médico. A partir del cuarto día sí debo enviárselos y todos esos días enfermo me los pagan sin problemas. En ese instante me pregunté si el socialismo existía en Cuba o en Alemania y por los hechos no dudé que fuese en este país. Otra ventaja importante consiste en que aquí siempre hay agua, porque si me coge esto sin agua en Cuba, me deshidrato al tener que vomitar de la peste. Definitivamente el atún si no era cubano se intoxicó con algún sargazo cubano antes que lo metieran en la lata. Hace un rato aproveché mi estancia de unas horas en el baño para llamar a mi socio cubano por teléfono y hablar un rato con él. Por cierto, esa conversación me ha dejado muy preocupado. En mala hora lo llamé porque si antes tenía descomposiciones de estómago, ahora lo que tengo son  descomposiciones de estómago angustiosas. Mi amigo me contó la historia de otro cubano que precisamente tenía los mismos síntomas míos y creía, al igual que yo, que se trataba de un atún cubano, pero más tarde se descubrió una lombriz solitaria hiper resistente a cualquier medicamento. Este nuevo compatriota con quien me solidarizo en su tragedia desarrolló un bicho cubano que comienza a protestar sobre los diez meses después de abandonar el país. Es como si la lombriz trabajara en inmigración y pensara que el cubano solo anda de visita, pero al pasar el tiempo y no ver el regreso, quedaba claro que el ciudadano se había quedado y empezaba la protesta.  Hay cosas inexplicables y de la misma manera que hay gente defendiendo el socialismo mientras pasan trabajo, hay lombrices solitarias que no le gusta comer carne, yogurt o chocolates y prefieren el perro sin tripa, la pasta de oca, el yogurt de soya y el picadillo empobrecido, sobre todo si laboran en inmigración y deben dar el ejemplo. Bueno, pues a mi nuevo compatriota le atacó una solitaria tan recalcitrante que no se calmaba ni, aunque la hiciera pasar hambre o pusiera todo el día Cubavision internacional para ver las mesas redondas o se disparaba los discursos de Fidel enteritos hasta aprenderse frases completas. Al final prácticamente desahuciado por la medicina y a punto de regresar a Cuba como solución radical para no perder la vida, uno de los tantos médicos que vio le recomendó un doctor cubano que no había podido sacar la reválida, pero que tenía fama de buen especialista por haber asistido a disímiles congresos de enfermedades digestivas. El enfermo no perdió tiempo y fue a verlo pues el salvador vivía en un pueblo no tan lejano. El matasanos cubano casi sin darle importancia le aseguró la cura total en tres días y no necesitó ni reconocerlo pues solo de verlo en el puro hueso supo de su dolencia. El cubano moribundo pensó entonces que el médico era un jodedor porque en vez de darle una receta con medicamentos lo mandó a traer al día siguiente y en ayunas una baguette de unos treinta centímetros de largo junto con una barra de guayaba, para esta última necesitó darle además la dirección de una tienda de productos brasileños donde las vendían.  El pobre hombre pensó que el doctor quería eso para merendar al otro día, cosa muy típica en la patria y salió de allí muy contento a buscar la merienda de la siguiente mañana, después de asegurar que estaba dispuesto a curas de caballo radicales para acabar de una vez y por todas con la lombriz revolucionaria. Al otro día llegó bien temprano y se asombró de la parsimonia no cubana del doctor picando toda la barra de guayaba y metiéndola dentro del pan antes de pedirle al enfermo que se bajase los pantalones y se inclinara en una camilla improvisada. El doliente que ya se había hecho algunos análisis de próstata para descartar otras enfermedades lo hizo sin protestar e incluso tampoco chistó cuando el médico le metió poco a poco los treinta centímetros de pan con guayaba por detrás. Solo hacía “mmmmm” como si le costara dar de cuerpo con dificultad y maldiciendo el no haber traído un poco de aceite de oliva o mantequilla para untárselo a la baguette por fuera. Con todo el baguette con guayaba dentro el médico le aguantó un rato las nalgas con las dos manos como pinzas para evitar que le vomitase la comida y cuando quedó fuera de peligro lo soltó antes de pedirle que se vistiera y se fuera. Le volvió a escribir en un papelito que volviese al siguiente día con los mismos ingredientes y un poquito de aceite de oliva si eso le hacía el tratamiento más llevadero o placentero, porque nunca se sabe. La sesión número dos fue una copia al carbón de la primera con la diferencia de que esta vez le aseguró que para la sesión final no era necesario la barra de guayaba. Al tercer día el cubano no le creyó al doctor cuando este le aseguró que ese día estaría completamente curado y le ofreció la última baguette tembloroso y maldiciendo haber olvidado el aceite de oliva una vez más. El médico cortó el pan por el medio y sin nada dentro realizó la misma faena que las otras dos anteriores, incluso con la pinza al final, solo que cuando el compatriota quiso vestirse el doctor le puso la mano en la espalda para obligarlo a estarse quieto encima de la camilla.  A los quince minutos de espera el cubano enfermo empezó a sentir algo raro por atrás y supo que no era el médico porque este tenía sus dos manos en las nalgas del paciente como banderas al aire. Entonces la lombriz solitaria sacó la cabeza y dijo: “Oye chico, y ¿dónde está la guayaba?”. En ese instante el médico dio un salto de lince para atrapar al bicho por el cuello y halando con fuerza inteligente logró sacarlo completico para afuera.

Despues de escuchar esta historia yo creo que, de la impresión, del miedo o porque ya no queda ni rastro del atún cubano en mi sistema digestivo, me he curado, de todas maneras, voy a estar un día más en la casa por seguridad porque si me coge un retorcijón en la carretera entonces  el problema sería terrible. Ya estoy rezando y pidiendo a la virgen, aunque de todas maneras es mejor cagarse en medio de la carretera  que una solitaria cubana e intransigente como la de mi compatriota. Yo creo que si eso me pasa a mí regreso a Cuba. Bueno, bueno, que tampoco hay que exagerar por muy cubanos que seamos y por mucha exageración que tengamos en la sangre.