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XXXVII. 25 de septiembre del 2001. Primer cumpleaños.

19 de abril de 2021

Hoy es mi cumpleaños y por primera vez en mucho tiempo siento paz conmigo mismo. Mis últimos aniversarios en Cuba me deprimían muchísimo y sentía el reloj del tiempo sonar en mis oídos recordándome que no había hecho nada con mi vida. Observaba entonces como poco a poco todo el tiempo que había dedicado a estudiar en la universidad perdía el sentido y un nerviosismo me dominaba con unas ganas de llorar que duraban días. Ahora es distinto, estoy solo, pero tranquilo y tengo la certeza de haber salvado mi carrera de ingeniero en el último instante. Es verdad que llegué tarde a la fiesta, pero todavía hay mucha música que bailar y depende enteramente de mí el ritmo que le imponga. Hoy no voy a hacer nada y me quedaré en casa, me prepararé un trago y me pondré a pensar en el pasado y en lo que me ha traído hasta aquí. En mis anteriores cumpleaños cubanos miraba al futuro preguntándome por mi destino y el silencio como única respuesta era un cuchillo en el medio del pecho. Hoy, mi primer cumpleaños alemán me ofrece una nueva vida vestida de un futuro más posible que real y para no perder la costumbre de buscar respuestas viajo al pasado a encontrarlas. Aparece nuevamente la duda insistente acerca del verdadero motivo por el que me fui de Cuba, para la que todavía no descubro una réplica convincente. No dudo ni un instante de haber tomado la decisión correcta y mi tranquilidad en este día es la prueba incuestionable, pero me gustaría saber que cambió definitivamente la balanza. No puedo dejar de pensar en un hecho que no influyó en esta decisión, pero que sin dudas la financió y eso tal vez lo haga más importante. Este acontecimiento casi imposible de suceder y que todavía me parece sorprendente, cambió radicalmente mi vida y la primera de sus consecuencias es el convencimiento personal de que existe algo que me guía para que ocurran las cosas que deseo, o que ya estaban previstas en mi vida. No sé si llamarlo Dios, energía positiva, destino, ángel de la guarda, Changó o Santa Bárbara y puede que incluso sean todos a la vez. Lo cierto es que mientras yo pasaba trabajos intentando, sin lograrlo muchas veces, ganar más de veinte dólares al mes sin caer preso en el intento, me encontré con un antiguo compañero de trabajo que hacía años no veía. De ninguna manera podría decir que esa coincidencia fuese casual, sino que esa fuerza invisible se las agenció para que las líneas temporales se cruzasen en ese momento. Mi amigo me sorprendió con la frase “A ti mismo te andaba buscando”, cosa que yo entendí como una buena noticia, pero que más tarde se convirtió en espectacular cuando mi socio me informó que el amante de la secretaria de su empresa buscaba a un ingeniero mecánico para realizar un trabajo de cálculos mecánicos. No había tiempo para perder y la pregunta fue un disparo que me dio en el medio del pecho dejándome mudo de la sorpresa: “¿Te interesa?” Sus ojos se abrieron como platos y su rostro desbordaba malicia mientras se friccionaba los pulgares y los índices en señal inequívoca de que pagaban muy bien. Mi respuesta positiva salió antes de que terminara de preguntar porque a un piojo en una calva no se le puede insinuar si se quiere ir a vivir a una cabeza con melena. Ese mismo día llamé al teléfono del amante de la secretaria y una voz con tono muy amable me citó al día siguiente por la noche en la planta baja de un edificio viejo cerca de la calle San Lázaro e Infanta donde el hombre trabajaba cuidando el local de noche. Era un tipo con el don de caer bien enseguida y la buena costumbre de no perder tiempo en palabrería innecesaria. Me confesó que estaba en contacto con un empresario italiano que quería hacer una patente, de la cual ya tenía la idea, pero necesitaba dimensionarla, hacer los cálculos mecánicos y escribir el documento en español, que después él se encargaría de traducir al inglés. Mi silencio fue un aliciente para seguir y para agregar tensión a la pausa. Regresó entonces la propuesta al piojo de la cabeza pelada por la mudanza a la abundante cabellera. El piojo dijo que sí hipnotizado por la incertidumbre placentera mientras esperaba la información acerca de cuánto dinero estaba en juego. La cantidad se disimuló en la pregunta de mi interlocutor con enormes deseos de divertirse: “¿Cuánto cobras por hacer todo ese trabajo? Y no te quedes corto que el hombre tiene dinero, pide”. No supe que cifra decir, y por mi mente se cruzaron miles de números, tragué en seco y pensé: “OK, voy a exagerar”. Mi voz sonó algo tímida y en un tono casi apagado con cierta interrogación, como quien teme no ser tomado en serio “¿Mil dólares?” La risa del nuevo amigo denotó que la respuesta era incorrecta, pero quiso seguir el juego entre risas: “Más, pide más dinero, dime otro número”. Pensé por un segundo que se trataba de una jodedera, pero de todas maneras jodedera interesante y no perdía en comprobar adonde llegaba aquello. Decidí entonces volverme loco y pedir cifras que nunca había soñado: “Dos mil quinientos dólares”. La risa más divertida de mi interlocutor se repitió: “Aún te quedas corto, pide más”. Más que nervioso comencé a cubrirme de una euforia deliciosa con tan solo pensar que podía tener tanto dinero junto: “OK, tres mil quinientos dólares”. El buen y divertido amante de la secretaria me puso la mano en el hombro y cansado del ciclo me recitó en cámara lenta con voz de locutor de nocturno: “El hombre está dispuesto a pagar seis mil dólares, ¿cuándo puedes empezar?” El piojo quiso empezar a saltar, pero lo contuvo ser confundido con una pulga. Pensé en darle un beso a mi nuevo amigo, gritar un “cojooooones” o quedarme quieto, pero no pude dejar de temblar mientras le respondía que por esa cantidad de dinero empezaba en ese preciso instante. Entré en una especie de trance que me hacía flotar en un limbo donde costaba entender si vivía un sueño o algo real. Anulado mi raciocinio completamente solo asentía a la propuesta de recibir la mitad del pago en dos días y el resto al finalizar el trabajo. Estuve esos dos días sin creerme toda esa situación surrealista y actuando por inercia hasta que una tarde se disiparon las dudas cuando me pusieron tres mil dólares en la mano en billetes de a cien. El dinero me activó como nunca y en menos de dos meses el trabajo estaba terminado y cobrado. ¿Todavía me pregunto cómo pudo ser posible que me cayeran seis mil dólares del cielo? Hoy no lo sé y con casi total seguridad no lo sabré nunca, pero ese detalle improbable cambió toda mi vida y pude financiar mi salida. Hoy con mis 30 años recién cumplidos quiero agradecer a esa entidad energética que me protege alimentándose de mi bondad o de mi pensamiento positivo por obrar para que los caprichosos espacio y tiempo se unieran a mi favor. Sigo sin encontrar el motivo principal que me hizo dejar mi país, pero tengo mucho tiempo y una vida para descubrirlo. Hoy tomándome esta exquisita botella de vino quiero recordar con mucho cariño y eterno agradecimiento a mis amigos Arnaldo y Oscar. Brindo por ellos, donde quiera que estén, no olvidaré nunca que fueron los instrumentos de un destino que me trajo hasta aquí y que desde aquel día me convenció de que existe un universo que siento conmigo todo el tiempo al que no necesito comprender para saberlo real.