Saltar al contenido

XXXXI. 1 de enero del 2002. La Maltera de Infanta.

28 de abril de 2021

El Marco alemán es historia, bueno, no exactamente porque todavía se puede utilizar durante unos meses. Yo y los alemanes lo vamos a extrañar un poco porque de alguna manera no nos podemos quitar la sensación de perder algo. Ahora el Euro es de todos y de nadie, aunque como todo tiene dueño imagino que sea de los bancos alemanes. Me da un poco de pena con los italianos y españoles que tienen unas conversiones estrambóticas y les costará más trabajo adaptarse. Aquí en Alemania un Euro vale casi dos Marcos, por lo tanto, solo se necesita multiplicar por dos para saber entonces si algo es caro o barato. De todas maneras, no tuve tiempo de cogerle cariño al Marco y uno que trabaja conmigo me dice que no hay que preocuparse porque si antes tenías millones en Marcos, los tendrás igual en Euros. Para las personas que viajan por Europa es útil y práctico, aunque no es menos cierto que los países pequeños pierden independencia, pues no son libres de sus decisiones económicas y la decisión salvadora de devaluar la moneda para atraer inversiones no es posible ejecutarla más.

Precisamente ayer para celebrar la llegada del Euro y del 2002 estuve en casa de un cubano donde nos reunimos como seis compatriotas  a la vez. Muchísimos dirían yo, porque desde que salí de Cuba no me encontraba con tantos cubanos juntos. A alguien desde Cuba le parecerán pocos, pero incluso menos son suficientes para armar tremenda gritería  o para que cualquier vecino alemán se imagine que están a punto de irse a las manos cuando solo conversan amablemente. Es apenas un problema de pasión sobrante más que el volumen mal ajustado. Las conversaciones de cubanos comienzan casi siempre en temas culinarios, marcados por el exceso de arroz con chícharos en la dieta juvenil, luego pasan a hablar de política, marcados por la imposibilidad de hacerlo abiertamente en Cuba sin represalias y finalmente terminan siempre hablando de Fidel Castro, marcados por la presencia constante de su imagen.

Los cubanos nacidos en el siglo XX nos criamos con Fidel Castro en todos lados y eso que se grabó a pulso en el cerebro siempre sale por todos lados. También está comprobado casi científicamente que cada cubano tiene un pequeño Fidel Castro dentro, aunque yo he conocido algunas personas donde esa cuota es incluso más grande que ellos mismos. La salida de ese bichito se potencia en presencia de otros cubanos y se demuestra queriendo imponer nuestros criterios con una intransigencia tal, que minimiza y a veces ni escucha la opinión contraria. Poner de acuerdo a dos cubanos que piensen distinto es tarea imposible porque los dos sacan su Fidel Castro personal e intransigente que es incapaz de aceptar otra verdad que no sea la suya propia.

De todas maneras nos queremos y el puerco asado, la yuca con mojo y el congrí son capaces de imponerse con facilidad sobre la política. La pierna de puerco  me pareció muy pequeña para la cantidad de personas en la fiesta, pero aquí además de que la gente come carne cuando le da la gana, tienen un montón de delicatessen para picar antes de comer de verdad. En Cuba tanta comida para picar parecería un artilugio inteligente para engañar a los hambrientos y provocar que no coman tanta carne después.

Al final de la fiesta sobró de todo porque los organizadores eran cubanos exagerados e imaginé a mi gente en la isla haciendo dos fiestas más con tanta delicatessen, carne, cerveza, vino, Ron Havana Club y Malta sobrando. En aquella fiesta en la isla no iba a sobrar nada y de seguro vendrían vecinos y amigos no invitados, pero recibidos con regocijo.  Por cierto, probé una Malta alemana de nombre comercial Karamalz que no está tan mal.

A mí me sucede algo muy curioso con la malta, siempre que la pruebo mi mente me transporta a la maltera de Infanta a una cuadra de Carlos III. Me descubro con unos siete años y mi abuelo me acababa de recoger en la primaria cercana de nombre “José Joaquín Palma” para ir a tomar malta. Veo la construcción simple de ladrillos rojos de la maltera y a mi abuelo poniendo frente a mí tres vasos de malta fría que contrastan con el sol infernal. La Karamalz alemana posee menos azúcar, pero es suficiente para llevarme de regreso a aquel lugar en La Habana que no sabría decir si existe todavía en la misma forma que en mi recuerdo. 

Este fue mi primer fin de año fuera de Cuba y no puedo decir que fuese triste, aunque sí diferente. A las 12 salimos a la calle a tirar los cohetes que se habían estado comprando durante estos últimos días en todos los mercados  repletos  de miles de fuegos artificiales, bombitas sonoras, volcanes y cuanta cosa imaginable que haga ruidos y chispas. Las calles se llenaron de personas tirando los cohetes y el cielo no paró de brillar y explotar en colores alegres. En mi anterior 31 de diciembre todavía en Cuba había pedido tener suerte y prosperidad en mi inminente viaje de un solo sentido a Alemania. No me puedo quejar porque  todo ha salido mejor de lo pensado.

Para este 2002 tengo muchos planes, pero el más importante de todos es regresar de visita por primera vez a Cuba a descubrir lugares nuevos porque esos mismos espacios que antes encontraba cotidianos y simples cuando vivía allá, ahora en la distancia se habían transformado en especiales como la recordada maltera de Infanta. Me gustaría descubrir si existe todavía ese espacio, pero si encontrase algo no esperado en vez de la maltera que recuerdo, me compraré una malta “Caracas” o la que aparezca y me sentaré en la acera sucia a disfrutar nuevamente el momento mágico del líquido negro refrescando mi garganta con la misma inocencia del niño que adoraba tomarse tres vasos de malta de la mano de su abuelo.