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XXXXII. 15 de enero del 2002. Soñar no cuesta nada.

29 de abril de 2021

Hoy hace un año exactamente que llegue a Alemania y no siento que haya pasado tanto tiempo. En el trópico el tiempo transcurría mucho más lento y la sensación de estos doce meses aquí son similares a un mes en Cuba. Dicen que para los más viejos el tiempo transcurre más rápido porque el continuo aprendizaje de un niño ralentiza el almanaque, pero eso contradice mi experiencia. En este año no he dejado de resolver problemas, enfrentar situaciones nuevas y aprender mucho, sin embargo, ha sido apenas un pestañazo, tal vez yo sea la excepción de la regla  y el tiempo se acelera cuando suceden cosas. Aquí no han parado de ocurrir situaciones, incluso muchas sin buscarlas, en Cuba a pesar de estar todo el tiempo intentándolo, los días competían por parecer cada vez más entre ellos.

Hoy precisamente experimenté una experiencia nueva. En invierno amanece mucho más tarde y para llegar a las ocho y media al trabajo tengo que salir muy temprano. Siempre salgo de la casa de noche cerrada y llego al parqueo de mi firma de día claro. Eso normalmente no debería representar ningún problema, pero en mi caso sí porque salgo con las luces del cohete prendidas y después de manejar una hora, cuando llego no las necesito con el día claro. Me he hecho la costumbre de chequearlas al bajarme del carro pues si se me olvidara apagarlas me quedaría sin batería después de un día entero encendidas.

Bueno, pues hoy para celebrar mi primer año en Alemania, se me olvidó. De nada sirvió cagarme en mi madre, ni culpar a mi entretenimiento, necesitaba buscar una solución. La batería estaba más muerta que los dinosaurios a los que les cayó el meteorito al lado y tampoco quise culpar al cohete por no avisarme del olvido, pues él pobre ya hace bastante con caminar. Solo me quedó sentarme a esperar a que apareciese un alemán y preguntarle si me podía dar un cablazo, porque no había ninguna lomita cerca por donde tirarme a arrancar el carro sin batería, ni gente que me ayudase a empujarlo.

Esperando que me callera un alemán del cielo con dos cables en la mano decidí dos cosas: la primera que tenía que sacar mi membresía de ADAC, el club de automovilistas alemanes que si te quedabas botado por cualquier motivo podías llamarlos para que vinieran a socorrerte de gratis y la segunda que ya tenía que comprarme un carrito más moderno, de los que te avisan con un ruidito raro si se te olvida apagar las luces o lo hacen ellos solos después de muerto el motor. No era nada personal con el cohete ni me molestaba que tuviera más ruidos que una maraca desafinada aún con el audio del radio a todo meter, pero con quedarse botado no se juega y menos en medio del invierno con un frío que pela.

Como parecía que no iba a llover ni agua, ni nieve y menos alemanes con cables, me decidí a empujar el carro para intentar arrancar solo. El ciclo de intentos y fracasos se repetía uno tras otro porque la velocidad que podía alcanzar empujando el cohete en un terreno llano e irregular no era suficiente.  Yo siempre digo que se debe persistir, aunque parezca imposible y jamás resignarse a la derrota porque el milagro le ocurre a los que no se dejan vencer. Empapado en sudor a cero grados de temperatura seguí empujando e intentando hasta que el universo impresionado por mi constancia inútil me envió el milagro.

No cayó ningún alemán del cielo, pero en una casa como a dos cuadras sí me vio uno y apiadándose de mí se apareció en su carro con dos cables. Amé a esa alma caritativa que me sacaba de un problema sin solución aparente y me deshice en miles de Danke repetidos una y otra vez que sustituían mis ganas de abrazarlo y besarlo como a un familiar. Siempre digo que en todos los lugares del mundo la proporción de gente amable e hijos de puta es más o menos la misma. Yo tuve la suerte de que ese hombre bueno me viera, pero en Cuba en medio de una avenida empujando a un Lada sin batería también han venido de pronto dos o tres personas a ayudarme a salir del aprieto sin querer nada a cambio.

Con el cohete rugiendo en voz alta puse rumbo a casa eufórico y repleto de confianza en la humanidad sin dejar de vocear los gritos de Danke a mi salvador por la ventanilla abierta del carro que permitió a los cero grados de temperatura congelarme el sudor de la frente. En el siguiente semáforo que encontré en el camino la luz roja me invitó a detenerme con la pregunta del motivo real por el que me fui hace un año exacto de Cuba. Parecía sensata la respuesta de haberme ido de Cuba porque quería soñar, aunque no me convenció del todo. Es sin duda un grano de arena en mi decisión, pero no lo fundamental. El soñador empedernido que soy solo necesita agarrarse de un pequeño hilo que sobresale para tejer una red de hechos que provoquen las metas imaginadas.

¿Es posible desear un carro o una casa en Cuba? No hay manera, allí ni hay loterías que repartan millones y las alas antes de volar las tienes cortadas. Aquí todo es distinto, todo es posible, se puede soñar, puedes poner una empresa y prosperar, inventar la pelusa de la contrapelusa y hacerte rico o ganarte la lotería por mucha probabilidad que exista en tu contra. Hablando de lotería, cuando venía para la casa vi que el bote anda por quince millones de euros y hoy es día quince. Eso es una señal, voy a buscar el ticket del pasaje que hace un año me trajo a Alemania para encontrar en ese papel los números a jugar ¿y sabes qué? Me voy a ganar esos quince millones y con ellos me compro una casa en el sur de España con vista al mar y una terraza enorme donde todos los días me voy a sentar a escribir. Hasta una editorial me compro para publicar este diario e invierto algo para tener la seguridad de no preocuparme más por las finanzas porque lo mejor de tener mucho dinero es no tener que preocuparte por el dinero.

Seguro me lees y piensas que no tengo cura, pero te digo una cosa, yo voy a seguir intentándolo, aunque parezca tan imposible como arrancar un carro viejo sin batería empujándolo yo solo por una planicie irregular. El Universo se impresionará de mi esfuerzo y de mi fe y algún día me premiará con el milagro que espero. ¿A que sí?