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LA VERDAD DE LOS ATAQUES ACÚSTICOS (EL ÑEQUE NO FUE)

9 de mayo de 2021

Aplicando el sentido común, que es el menos común de los sentidos es fácil llegar a la conclusión que si el Ñeque no hacía nada de presidente, mucho menos hacía cuando no lo era, porque desplayarse en chicharroneos no cuenta y los ataques sónicos comenzaron por lo menos en el 2016, tal vez incluso más allá y coinciden sospechosamente con el inicio de unas conversaciones que no se sabe muy bien cuál de los dos era el que quería más y cuál menos.

Esta historia no puedo más que ofrecerla como una presunta verdad sin pruebas porque no he podido corroborarla en más de una fuente y por la duda que tengo de que la fuente de información esté pagada por el imperio. De todas maneras, se las cuento para demostrar el hecho de que el Ñeque es inocente de matar a la vaca, aunque él solo le haya aguantado las cuatro patas, cosa que tampoco hizo.

El cuento comienza con un viejito que vamos a llamar Rey SADIM (¿a qué no les suena este nombre?), de quién no desvelaremos su identidad. Al ancianito que se aburría sembrando moringa en el patio de su casa, no le bastaba con eso y como además de ser viejito, era la pata del diablo, obligó a todos sus amigos, vecinos, cuidadores y a todo el que se cruzaba con él a sembrar moringa en sus patios y a reportarle hasta el mínimo detalle de los resultados obtenidos.

Resulta que reflexionando un día acerca de cómo producir más moringa sin tierra, poco sol y menos agua, escuchó por casualidad que su hermano se estaba dando la lengüita con su enemigo de toda la vida. La gente lo veía por las esquinas y ya ni se cuidaba de lo que hablaba cerca de él porque pensaban que su cabeza se había ido del parque primero, y porque si no le hablabas de moringa no le hacía caso a nadie.

Cuando el sembrador de moringa se enteró de la deslealtad, cogió tal subidón, que le metió un bastonazo a una enfermera por la espalda que además de rajar el bastón provocó tremendo morado pegado al omóplato de la cuidadora. La valiente mujer solo dijo un “Ay” en voz baja y le sonrió con risa cínica de cagarse en los muertos del viejito, a quién el encabronamiento le provocó uno de sus escasos momentos de lucidez y cómo no podía darle otro bastonazo a la enfermera porque esta no se acercaba, agarró toda la verdolaga sembrada y por sembrar y la mandó pa la Timba (La Timba es un barrio habanero muy pobre del Vedado, cercano al lugar donde el Rey SADIM trabajaba).

Cuando la gente de la Timba vio a todos aquellos camiones bajando matojos de moringa en un placer yermo olvidado, les cayeron a pedradas y los transportistas de verdolagas tuvieron que salir corriendo con todo el matojero que desembarcaron en un campamento cercano del EJT con la orden de sembrarlas inmediatamente. Como ya nadie le hacía caso al ancianito las moringas llenas de vitaminas y minerales que le habían costado años y sacrificios a nuestro viejito “pata del diablo” se pudrieron olvidas contra una pared.

Claro que cuando el viejito les preguntó a los camioneros, estos le dijeron que la gente de la Timba se había puesto tan contenta con el regalo, que dejaron todo lo que estaban haciendo para comenzar a sembrar la moringa a la vez que hacían una actividad patriótico recreativa donde los niños recitaron poemas revolucionarios y dos o tres oradores se desgañitaron a ver quién gritaba más alto contra el imperio y le deseaba más vida eterna al Rey SADIM. Al final terminaron todos abrazados y emocionados, pero sin entender la representación teatral, donde un montón de gente vestida de leotales que nunca se supo de donde los habían sacado, daban brincos detrás de una bandera roja. El ancianito, apoyado en un nuevo bastón lloró de alegría con la historia y todavía debe estar pensando dentro de la piedra que en la Timba la moringa está que da al pecho.

Pero volvamos a los ataques sónicos que nos perdemos. Parece que la ausencia de moringa, activó al viejito que tuvo una muy buena idea para joder al hermano traidor que lo tenía tirado a mondongo y solo lo dejaba reflexionar. Alegrándose de poder enderezar un poco la columna que se le estaba jorobando de estar tanto tiempo agachado con una guataquita quitándole la yerba mala a la moringa recordó una duda científica de sus años mozos.

Desde joven había querido aprender a bailar para ligar las jebas más rápido y no es que él dejara de llevarse buenas niñas, que sí que lo hacía porque les bajaba tremendas muelas de cuatro y seis horas, hasta que la chiquita sin saber ni donde quedaba en Capitolio le decía que sí para terminar con la tortura gallega. Él quería ser más eficiente con el ligue a través del baile, pero por mucho que lo intentaba no lo lograba aprender, y llegó a la conclusión de que él era sin lugar a dudas un patón patológico e incurable.

Tuvo la idea entonces de someter a las gentes que no bailan a un bombardeo de música guarachosa a volúmenes inaudibles durante el estado de sueño para que aprendieran a bailar sin darse cuenta, pero el proyecto terminó sin comenzar porque en Cuba todo el mundo baila y encontrar un patón patológico como él era más difícil que comerse una McDonald en La Habana porque todavía no existía (ahora tampoco). El experimento murió por falta de sujetos y porque al hacerse famoso, precisamente por estar horas y horas diciendo lo mismo con formas diferentes, le ahorró las cuatro horas de hablar sin parar delante de una muchacha. De todas maneras, las cuatro o seis horas de muela las perfeccionó y siguió usándolas para dormir a la gente tiempo después, además de disfrutar quitándoles la luz para que tampoco pudieran bailar las ruedas de casino.

La vieja idea científica de hacer bailar a un patón patológico que nunca quiso probar en él mismo porque le encantaba probar en los demás se podía hacer realidad y de paso divertirse jodiendo al hermano y a los americanos, que además de ser sus enemigos jurados con toda seguridad eran patones patológicos. Ya se divertía pensando en el embajador americano morirse de vergüenza sin saber como explicar el hecho de haber metido tremendo pasillo de salsa en medio de una recepción internacional y como no podría explicarlo se iría del país avergonzado con miles de CD de salsa cubana para bailarlos escondido en su casa o en las discotecas de New York. Así una y otra vez todos los embajadores que vendrían como patones patológicos, se irían avergonzados como expertos bailadores de salsa. A los americanos entonces no les quedaría más remedio que cerrar la embajada porque ningún diplomático querría terminar las noches meneando el culo en las discotecas de Miami o de Los Ángeles.

El viejito SADIM llamó entonces a sus amigos, tambien viejitos y decidieron, es verdad que con una tecnología algo arcaica, ubicar los trasmisores de salsa en los lugares estratégicos para emitir con eficiencia y resolvieron en la EGREN horas y horas de salsa revolucionaria y de buena factura como Los Van Van, Son 14, Adalberto Álvarez y su Son, Pachito y sus Quini Quini, La Charanga Habanera, El Charangón de Revé y muchos más. Las emisiones no pararon las 24 horas continuas, pero al mes de música ininterrumpida en frecuencias inaudibles los diplomáticos seguían sin bailar ni merengue que es mucho más fácil porque solo es pallá y pacá.

El final lo saben todos, y de la misma manera que nuestro Rey SADIM recogió un pinguero buscando al hombre nuevo, queriendo poner a bailar salsa a diplomáticos americanos y patones patológicos a la vez, los dejó sordos, los puso a oír pitidos y ruiditos para toda la vida, los dejó noches enteras sin dormir, les provocó daños cerebrales y los condenó a dolores de cabeza frecuentes. Y como el viejito no era un Ñeque, al final aunque no de la manera que él quería, sí se cerró la embajada. Claro que esto no lo dice nadie, hasta a mí mismo si me cogen los americanos y me torturan, les voy a decir lo mismo que el Ñeque: “Yo no fui, yo no fui, yo no fui” y me mando a correr para que no me cojan, como mismo hago ahora con el cabrón gato negro que no para de caerme atrás.  

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