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¿SÍ PERO NO?

11 de mayo de 2021

El 2020 le dio golpes al Ñeque por todos lados y cada vez que se le ocurría decir su “Sí” en voz alta la realidad le respondía con un “pero no” en otra voz más alta innegable.  Porque la situación sí era coyuntural, pero no se solucionaría tan rápido, sí se construían hoteles sin parar, pero no había con quién llenarlos, como mismo sí seguíamos construyendo el socialismo, pero no había comida para nadie o como sí le gustaba decir al Ñeque “no quedará nadie desamparado”, pero no te digo que te voy a chupar hasta la sangre.

También no importaba que en tiempos en que todos los países cerraban las fronteras con estrictos controles sanitarios, en Cuba siguiera la fiesta porque sí era sabido que ningún virus puede con el cubano que aguanta todo, pero no uno tan violento como el COVID. Al final si hubiera existido un gobierno pagado por el imperio y hubiese querido destruir la revolución propagando el virus por el país no lo hubiese hecho con más eficiencia que el Ñeque y su pandilla, pues vinieron a cerrar todo cuando ya el virus estaba dentro, mandaron a todas las brigadas médicas que pudieron para afuera (bien pagadas por cierto) reduciendo la necesaria cantidad de personal calificado para enfrentar la pandemia y en vez de liberar la producción de alimentos la bloquearon más para obligar a todos a colas interminables donde encontrar algo que comer.

Pero seamos justos que el Ñeque sí tuvo sus ideas para mejorar la vida de los cubanos como vender masa de pizza para todos los cubanos que tienen Microwaves, que según él son muchos, rescatar las guaraperas y convertir el guarapo en la bebida nacional, porque un vaso de agua con azúcar no te quita el hambre a nadie, pero la entretiene mucho y la joya de la corona resultó atiborrar al cubano de limonada sin pensar en producir primero limones, porque la limonada es la base de todo, lo mismo sirve para hacer un mojito, que para un jugo de mango sin mango, que para convertir una coca cola en Sprite amargo, e incluso en pomadas para suavizar la piel después de horas bajo el sol y en betunes para limpiar zapatos si la mezclabas con chapapote. 

Lo que el  Ñeque  no entendió es por qué a todo el mundo le dio por protestar, y tuvo que hacerse el hombrecito para meterse a la fuerza para acabar una huelga de hambre que se complicaba o engañar a quienes querían encontrar una solución conversando y ponerles una fecha de reunión dentro de una semana, para al otro día no dejarlos salir de sus casas y denigrarlos sin piedad.

El Ñeque había aprendido de sus jefes que si no quieres que te pongan un nombrete, díselo tú primero a los demás y por eso empezó a repartir el adjetivo de terrorista a quien no pensara igual a él (digo igual a su jefe, porque él no se sabe todavía si piensa), daba igual si el terrorista era lector de poemas, cantante de canciones o bailador de rumba. Para incluso creerse que lo apoyaban  se cagó en el COVID, preparó una actividad con miles de gente apiñados como sardinas en lata  que venían obligados algunos y por las meriendas que prometieron otros. Para la pachanga se puso un leotal de la bandera cubana que dos meses atrás le quedaba ajustadito, pero dos meses de comelatas eran demasiado  y ya se le marcaba mucho la indecencia de su barrigón lambucero, de todas maneras, aunque el leotal lo apretaba hasta cortarle la respiración, ese día entre tanta efervescencia revolucionaria fue feliz.

Al pobre Ñeque la felicidad le duró poco porque el jefe lo llamó y le dijo que tenía que ocuparse del cambio de moneda y del ordenamiento monetario y que además todo tenía que quedar bien. Como el Ñeque es medio tímido no le preguntó a su jefe el por qué de echarle ese muerto a él, que él mismo se había metido diez años  analizando las monedas sin hacer nada y ahora él tenía que meter La Habana en Guanabacoa, que era lo mismo que subir los precios más que los salarios, robarles a quienes habían depositado sus dólares en los bancos y que la gente además saliera más contenta. Pero no lo dijo y leyó el papelito que le dieron con su jefe al lado aparentando que todo iba a salir bien, pero nadie le creyó porque se notaba que estaba rezando para que Biden ganara las elecciones.

Lo que el Ñeque no sabía a pesar de las miles de pruebas que no dejaban dudas de su mala pata era que Biden sí ganaría, pero no iba a hacer las cosas como él quería, igualito que el gato negro de mi vecino, que sí regresó, pero no para dejarme tranquilo sino para seguir rejodiéndome la existencia con la cara de Lolita cantándome: “Sí, pero no, tú dices que me quieres, pero no, que no, que no,…”