Saltar al contenido

Yalorde o el inicio de todas las cosas

8 de mayo de 2021

El éxtasis se disfrazaba de tranquilidad a punto de caducar sin poder ocultar todo el misterio de la primera vez. Olas de placer amoroso resonaban en aquel ambiente oscuro donde apenas me podía mover y las sentía dominarme desde mi vientre convertido en el centro de mi universo. Confundí la orden imaginaria con un susurro que me ordenaba cambiar la posición de mi cuerpo hacia el sur. Guiado por el instinto y con la certeza de saber de memoria un mundo donde no era necesario abrir los ojos para observar, me moví lentamente y acaté el mandato sin dudar.

Completamente de cabeza, descubrí que el tiempo comenzaba a fluir distinto y a convertir el mundo hasta ese momento conocido en un lugar extraño. Días atrás había soñado que andaba por lugares infinitos donde era incapaz de alcanzar con mis manos lo que se veía a lo lejos, donde los sonidos se coloreaban de seres tan diferentes unos de otros que convertían en ilógica a tamaña diversidad. Con la energía que me llenaba desde el centro penetró una pequeña gota de inconformidad que azuzada por la curiosidad se expandió en todo mi ser a la velocidad de una enfermedad incurable, controlada a duras penas por la sensación de caricia perenne que seguía estando en cada rincón de mi mundo.

El cambio llegó de sorpresa en forma de agresión convulsa. El susurro que instantes antes ordenaba el cambio de posición transmutó en grito exigente que espantaba la paz por terminar. Me asusté de experimentar deseos de huir de la incomodidad conocida para experimentar el riesgo de algo nuevo y las paredes palpables de mi universo no dudaron en castigar mi insolencia con poderosos intentos de expulsarme del lugar. Al inicio reaccionaba con molestia ante la violencia que me oprimía, pero al rato y ya vencido, decidí cooperar.

El avance lento, apretado y algo doloroso resultaba evidente hasta que me sorprendió una fabulosa sensación de libertad en mi cabeza. Tanta liberación inesperada me llenó de indefensión e instintivamente abrí los ojos y  me encontré con la luz. El color blanco hirió mis ojos cerrados hasta entonces y sumó la incertidumbre al desamparo de mi dependencia que resbaló abrazada a mi piel hasta soltarme las piernas. El sonido del silencio cesó junto con la calidez viscosa del ambiente transformada en la hostilidad atacando mis poros recién descubiertos.

Mi universo había cambiado sin avisar y con él las reglas. Intentando en vano encontrar la energía desde el vientre aspiré por primera vez mundo y a pesar de la incomodidad me sentí mejor. Tuve mucho miedo, terror, desesperación, agobio que quise exteriorizar con sonidos estridentes saliendo de mi garganta colérica. Manipulado e indefenso me zarandeaban de allá para acá algunas formas confusas que emitían sonidos extraños e ininteligibles. Dentro de todos los olores nuevos identifiqué con nostalgia el aroma inconfundible de la dulzura anterior creciendo poco a poco hasta dominarme otra vez.

Recuperada mi tranquilidad al rato, me encontré a un intruso en la boca. Traté de prescindir de él, pero su olor y textura exquisita me convencieron de comenzar a succionar. Sí, la boca no era solo para chillar mi miedo, sino para alimentarme de un líquido tibio y adictivo acariciando por primera vez mi garganta hasta llenarme nuevamente de seguridad y de amor. Suspiré entonces un sollozo aliviado cuando me sentí otra vez protegido de manera diferente, esta vez en los brazos tiernos de mi mamá que me susurraba su más bella canción de amor.