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MUJER DE BLANCO

13 de marzo de 2022

Maestra, a través de su voz pausada aprendí a pensar, a cuestionarlo todo incluso a Usted misma, a indagar en otras fuentes y a buscar mi verdad. El día en que impidió que la turba dirigida por el director de la escuela penetrara en el aula para hacerle un acto de repudio a mi amigo Jorge se convirtió en mi heroína. Los padres de Jorge habían decidido irse del país y Usted se postró en el marco de la puerta y le dijo al director trasvestido en esbirro las palabras que suenan todavía en mi recuerdo: “En esta aula yo soy la maestra, cada uno de mis alumnos es mi hijo y mi responsabilidad, aquí jamás se ofenderá, ni se vejará a nadie y menos a un niño, vergüenza debería darle señor director”. Esa tarde acompañamos Usted y yo a Jorge, todavía temblando, a su casa. Cuando me dejó en la puerta de la mía, me miró a los ojos y me dijo que no pusiera jamás en mi boca las palabras de otros. Ese día mi respeto por Usted se ensanchó tanto, que no me cupo más en el pecho.

Usted sembró en mi alma la curiosidad y de sus manos salieron los primeros libros que leí con placer. Maestra, con usted conocí al verdadero José Martí, no a la figura de yeso de la escuela sino al hombre antes que al héroe, un ser excepcional capaz de hacer bailar a una bailarina española con sus letras, de sacar música de la sencillez de unos versos y de ofrecer una rosa blanca al más cruel de sus enemigos. Yo lloraba con Martí y no entendía la repetición de la muerte en su obra, lo mismo en los recién leídos Zapaticos de Rosa, como en Abdala, los Dos príncipes o en Bebé y el señor Don Pomposo. Su respuesta amorosa me hizo entender el drama de su vida lejos de Cuba y su dolor por una patria donde la dignidad de los hombres no era respetada.

Yo crecí y la vida nos alejó, mas no nos separó. Nunca imaginé a otra lectora de mis primeros textos que no fuese Usted. Buscaba su crítica sincera. El cuestionamiento nos hace crecer y el halago es apenas alimento del ego, eso lo aprendí de Usted. En su despedida se repetía siempre su consejo de no rendirme nunca, leer mucho, escribir siempre y pensarlo todo.

Cuando su esposo fue encarcelado por sus ideas en la primavera del 2003 quise saber la razón de la injusticia. Esa tarde apenas pudimos hablar, en la sala de su casa se agolpaban muchas esposas, madres e hijas de personas, como su esposo, arbitrariamente encarcelados. Muchas buscaban consuelo en su palabra y otras, dominadas por la ira, pedían acciones enérgicas en contra del sistema represor. En aquel momento su voz pausada entregó el apoyo a los que lo necesitaban y la energía a los que pedían acción, pero dejó bien claro que la violencia estaría siempre alejada de su proceder. Decidieron exigir la liberación de sus esposos en lucha pacífica y con la ayuda de Dios. Irían a misa todos los domingos a una iglesia en Miramar, se vestirían de blanco pacífico y se armarían apenas de un gladiolo en las manos de cada mujer de la misma manera en que Martí ofrecía su rosa blanca al que arrancaba su corazón.

En unas semanas decidí ir a la quinta avenida a verlas desfilar. Quise apoyarlas y a la vez descubrir el alcance de su protesta. Ese domingo, en las aceras de la calle 42 demasiadas personas conversaban sin motivo aparente cerca de varias guaguas. Los habían llevado hasta el lugar y cerca de la Séptima Avenida les repartían pan con jamón envueltos en nylon y una lata de refresco. Caminé por la Quinta Avenida y me detuve enfrente de la Iglesia de Santa Rita a esperar a que acabara la misa. Los mismos que sobraban en las calles ya habían merendado y se agolpaban dos cuadras más allá. La vi salir por la puerta de la iglesia junto a sus compañeras, completas de blanco y con los gladiolos en las manos y sentí orgullo de ser cubano y de conocerla. Mi premio fue su sonrisa al verme. Las seguí en su paseo hasta que la turba les impidió el paso.

Los colores marcaban el contraste, de un lado el blanco tranquilo de mujeres pacíficas y silenciosas, con flores como armas y del otro una agresividad multicolor desagradable, rostros desencajados y frases obscenas. La escuché decirle a una jovencita con licra y bajichupa que le manoteaba con insistencia en la cara sus improperios “También lucho por tu libertad hija mía”. La situación se salía de control, los gritos insultantes se volvían más agresivos y el cerco de la turba se cerraba conmigo dentro. El punto de ruptura ocurrió cuando las damas de blanco comenzaron a corear la palabra “Libertad” que parece que en boca de quien no está autorizado a decirla es una indecencia. De la nada aparecieron unas mujeres vestidas de militar y comenzaron a intentar llevárselas de allí. Usted y sus compañeras lucharon por su derecho a protestar sin violencia y se lanzaron al suelo para intentar hacer la agresión más difícil. Traté de ayudarla, pero unas manos fuertes me agarraron por detrás y me inmovilizaron. Entre insultos y golpes nos metieron en una guagua de las que había visto antes. Mi compañero de asiento asignado no perdía la oportunidad de recordarme lo mucho que puede doler un golpe bien dado en las costillas. “No tenías que haber venido” me dijo Usted dos filas delante de mí y yo no pude responderle por el dolor de costillas, pero quise decirle que Usted tampoco había dejado solo a Jorge cuando quisieron hacerle un acto de repudio porque se iba con su familia por el Mariel. Nos llevaron a la unidad policial de 5ta B y 62 para dejarnos allí por horas.

Cuando nos soltaron la acompañé a verse el brazo, le dolía muchísimo y luego supimos que se lo habían fracturado. Esa noche no pude dormir, no lograba aceptar lo que había visto, ¿cómo era posible que una turba sea alentada por el gobierno para atacar a mujeres pacíficas que solo piden libertad para sus esposos e hijos? ¿Qué se supone que deban hacer ellas? ¿Aceptar la injusticia? Más triste es observar hasta dónde es capaz de degradarse un ser humano. ¿Cómo es posible que se pueda agredir y acosar a personas que no conoces? Esa turba no las ha escuchado nunca hablar, esos robots no merecen ser llamados seres humanos porque no piensan, solo ejecutan órdenes.

Cuando me avisaron que estaba enferma supe que su padecimiento no era casual. Maestra, el régimen lo controla todo, hasta los diagnósticos de los médicos y las medicinas que le suministran a los enfermos. Usted sabía que su decisión de abrir su movimiento a todas las mujeres cubanas que quisieran, con un familiar preso o no, era su sentencia, pero la asumió de la misma manera que a sus trece años cuando decidió irse a alfabetizar porque sentía que era su deber. Sabía que el dictador era implacable con sus enemigos, sin importarle el género ni la edad, pero no hay nada que moleste más a un psicópata que descubrir que no le temen, que lo enfrenten con el valor y con la fuerza de la verdad. Usted sabe que los esbirros están en todos lados, ya vendieron su alma al tirano y algunos no van a los actos de repudio fascistas, también se visten de médicos, enfermeros, ingenieros o ministros, son iguales todos por dentro y acatan la orden de su jefe sin cuestionarse que van a privar de la vida a una mujer que encierra dentro de sí a lo mejor de la mujer cubana. Para ellos apenas será una inyección que inocule un virus como pasaporte tal vez a un viaje al exterior deseado, un carro o quizás solo una caja de pollo.

Fui a verla sin tiempo, con mi libro de Martí bajo el brazo, a contarle que como usted mismo me enseñó quería ser crítico con el Apóstol, que no lo entendía esa vez como no entendí de niño su alusión constante a la muerte y que no quería rosa blanca para el enemigo que me arrancaba su presencia de mi vida. Deseé venganza, por las mujeres de su grupo que quedarían sin su liderazgo, por los cientos de presos políticos que no contarían con su apoyo y por mí que no tendría su consejo. Por ellos deberían desaparecer para siempre los bandidos corruptos vestidos de gobernantes que se habían robado un país y que eran capaces de privar de la vida a mujeres por el simple motivo de oponérseles.

No podía entender Maestra, Martí también hizo una guerra. Todavía sus palabras apenas sin fuerzas siguen dulces en mis oídos en explicación de despedida: “Entiende que la violencia genera violencia y nunca saldríamos de ese círculo vicioso infernal. Cuba no necesita más sangre. El camino debe ser siempre en lucha pacífica y con la fuerza de las ideas y con el perdón como piedra de la nueva patria, aunque tu libertad de pensamiento y de acción sea tan grande que se convierta en un acto de rebelión. Cultiva tu rosa blanca”

Se me fue maestra, envuelta en una cama blanca de hospital que pudo salvarla y mi soledad se duele todavía de tanta infamia, de tanta mentira, de tanto engaño, de tanta doble moral y de tanta muerte de mierda innecesaria. Por usted maestra, mi madre, mi heroína, mi ejemplo de mujer, por usted mi lucha será pacífica, con la verdad como espada y el verbo como escudo, para que paguen por sus crímenes los culpables de su asesinato y del destrozo de un país, para que cada domingo cada mujer pueda vestir de blanco y recorrer tranquila y orgullosa la quinta avenida con un gladiolo en sus manos. Por Usted Maestra.