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III. 14 de enero del 2001. El día más feliz de mi vida

18 de enero de 2021

Todavía no siento que me esté yendo de Cuba. Lo he deseado tanto durante estos últimos tiempos y he tenido que dar tantas carreras que pensé que nunca sería posible, pero ya estoy sentado en el avión. Si la mujer que me tocó no fuera una señora que por su edad y por su peso debo respetar le daba un beso en la boca, sin lengua claro. Voy a escribir un diario y la decisión se la debo a mi tía Manolita. Cuando me despedí de ella me preguntó si nunca había escrito un diario de joven y al escuchar mi respuesta negativa, me regaló esta libreta de apuntes. Me parece una buena idea, sobre todo porque estoy más solo que el elefante del zoológico y así me entretengo un poco. El sueño de ser escritor es uno de los tantos que me llevo a la vieja Europa y ya el hecho de escribir algo me convierte en autor de textos, aunque sean de pacotilla y no los lea nadie. No creo en las casualidades, en mi opinión, todo está perfectamente preparado en este juego de ajedrez multitudinario, para que las simples piezas insignificantes que somos, ejecuten la única jugada posible en ese instante. Por primera vez en mi vida me subo a un avión a cruzar el océano de mucha agua como había previsto la única cartomántica que he dejado que me tire las cartas y a la que le creí más por deseo que por convicción. Pasar por esa puerta del chequeo de inmigración era la quimera de los elegidos y me gustaría escribir de ese hecho en otro momento por lo que representó, por allí solo salían los triunfadores y el deseo de cruzar ese umbral crecía con cada despedida de parientes o amigos. Después que lo pasé, la incertidumbre de un cuño mal puesto o una palabra mal dicha delante de un chivato circunstancial vestido de conocido continuó alimentando el miedo a ser bajado del avión a punto de despegar.  Por eso cuando el aparato alado salió en carrera frenética hacia al cielo di un grito de alegría y abracé a la vieja alemana de al lado que no entendía el asalto a su privacidad de un loco con los brazos en alto que acababa de dar su jonrón personal con las bases llenas. Fui el hombre más feliz de mi tierra al experimentar la sensación de ser por primera vez libre y responsable de mi éxito o de mi fracaso y la metáfora de un avión buscando altura en su cielo me hizo sonreír. En ese instante una turbulencia brutal me aferró con pánico al asiento en recordatorio de que los colores rosa no existían del otro lado. En mi mente nerviosa me pareció que mi vecina alemana, tranquila e inmutable hablaba en perfecto castellano con acento oriental.  Me dijo lo que ya sabía, que el viaje era en un solo sentido y que mi felicidad tenía un precio a pagar. En ese instante pensé en toda mi familia, acababa de renunciar a estar con ellos en las fiestas y en las tragedias, me perdería para siempre sus bodas y sus velorios, desaparecerían las visitas sin avisar de los amigos entrañables que me alegraban los domingos tristes. Debajo de las nubes quedaban escondidas las novias que me quisieron, las que nunca lo hicieron y las que siempre me esperaron.  Lo sentí como una renuncia necesaria al sufrimiento de intentar otras cien veces más el imposible de prosperar en mi tierra. Me iba para lograr mis sueños negados y no tenía dudas de estar haciendo lo que quería con mi vida. Comprendí que sucedía la único que podía ocurrir y aceptaba gustoso y resignado el precio a pagar. Me gusta pensar que el siglo XXI comenzó en el 2001 y no en el 2000, porque así puedo confesar que a las dos semanas del nuevo milenio comenzó mi segunda vida el 14 de enero del 2001. Precisamente en el día más feliz de mi vida y el más triste también. Tengo que parar pues acaban de apagar las luces del avión como si mandasen a todos a dormir. Mejor no escribo más en la penumbra porque mis lagrimas descontroladas humedecen todo lo que escribo y no quiero joder mi diario acabado de empezar. Cuando llegue a tierra lo retomo.