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MUJER DE ROJO

26 de noviembre de 2020

La primera vez que escuché tu voz me costó un golpe en el tabique nasal, donde todavía me toco y descubro el hueso para siempre algo hinchado como recuerdo tuyo. Ese día caminaba por la acera frente a una escuela primaria que una vez fue una casa grande. Frente al colegio mansión el bullicio de voces infantiles dominaba el centro de la calle, donde los niños se agrupaban en grupos que debían ser filas.

–Silencio para izar la bandera!

Tuve que girar el rostro en busca del origen de aquel grito femenino sin dudas enérgico y algo agudo, pero que en escondido vibrato escondía algo difícil de descifrar. Los segundos que empleé en descubrirte fueron suficientes para olvidar al poste de madera de la esquina. Ruborizado al descubrir tus ojos de fuego dentro de los míos, cambié la vista al frente sin tiempo para reaccionar al encuentro con la madera. El golpe me aturdió y la risa en tus pupilas perdonó mi irrespeto a la bandera, pues fui el único que la vio subir al mástil sentado en el piso con la nariz entre mis manos. Aturdido no supe el motivo de ver tres banderas idénticas a la vez y tampoco el por qué cuando los niños en filas comenzaron a entrar a la casona vinieron tres mujeres idénticas a ti a preguntarme en coro como me encontraba. Al levantarme las tres gemelas volvían a ser tú sola y una única argolla metálica tintineaba al viento en lo más alto del solitario mástil de aluminio. Me confundió descubrir una expresión de satisfacción en tu rostro, pero cuando vi que mi camisa blanca estaba empapada de sangre no tuve dudas de que eras medio vampiresa o que sentías una atracción especial por el rojo.  En el pantry de la escuelita o en la cocina de una casona algo vieja de puntal alto me sentaste y me pusiste una bolsa de hielo en la nariz que me enfrió toda la cara. A los quince minutos minutos la sangre dejó de fluir y mi nariz era como la de un payaso, pero con la bola roja en el tabique y no en la punta del órgano respiratorio. Me levanté para agradecerte y quise preguntarte como te llamabas cuando una señora mayor con hojas en las manos se dirigió a ti como “directora”.

–Gracias directora, ha sido usted muy amable, ya estoy bien y me voy que debo cambiarme la camisa.

–No hay de qué y tutéame que no eres un subordinado mío, aunque me agradaría que lo fueses. Tu cara excitada y sonriente seguía mirando el color rojo de la sangre.

–Yo paso todos los días por aquí, seguramente nos veremos otra vez –dije algo nervioso.

–De casualidad no pasas hoy a las seis por aquí, a esa hora es que termino –hablaste y caminaste varias veces como un tigre frente a su presa para que pudiese observar bien las carnes exuberantes y duras de tus bien llevados treinta años.

–A las seis de la tarde en punto directora –exclamé obligado por las circunstancias y curioso por el posible resultado de una cita imprevista.

Ese día salí temprano del trabajo para pasar por el mercado campesino y con el dolor de mi alma compré una cabeza de ajo a un precio inimaginable. Preocupado por tu posible afición vampírica me puse una cadena de oro con un crucifijo y me metí un diente de ajo en cada uno de los bolsillos de mi pantalón y en el de la camisa. Caminando hacia la escuela el olor a lluvia flotaba en el aire e imaginé que era un mal día para una cita, pero ya era demasiado tarde. A las seis en punto saliste algo apurada con rostro preocupado e imaginé cambio de planes.

–Lo siento mucho, pero me acabaron de llamar del municipio del partido y tengo que pasar por allá.

–No pasa nada, lo podemos dejar para otro…

–Y por qué no vienes conmigo? No está tan lejos y seguro que es rápido, además está cerca de mi casa. Después te invito a comer.

No me dejaste hablar y me agarraste del brazo antes de salir caminando a paso ágil durante veinte minutos en los que solo hablaste de brigadas de acción rápidas, disidentes y batallas de ideas. Yo no te hice caso porque solo miraba al cielo y rezaba para que no empezara a llover.

Cuando llegamos al municipio del partido que era otra casa con su función inicial cambiada el viejo CVP de la puerta no me dejó pasar porque no era confiable y te dije que te esperaba sin problemas en la acera, pues según tus palabras no duraría mucho tiempo. El beso que me diste en ese momento en la boca me paralizó. No sé si lo planeabas o fue una reacción espontánea a mi decisión de esperarte, pero ese beso junto al contoneo de tu cuerpo mientras entrabas en la casa del partido logró que durante las dos horas y media que estuviste dentro no me plantease la posibilidad de irme.

Cinco minutos antes de las nueve y después de haberle dado treinta vueltas a la manzana, trepado cuatro árboles y mis tripas gritando del hambre, el cielo entendió que mis rezos no podían posponer más el aguacero inminente. En esos cinco minutos cayó el agua suficiente para llenar todas las presas del país. Yo parecía un pollo sin cabeza sin saber para donde correr o donde meterme hasta que el viejo CVP se apiadó de mí y me dejó pasar demasiado tarde al portal de la casa porque ya estaba chorreando agua y con una peste a yuca con mojo que se sentía en todo el municipio del partido por los ajos disueltos en los bolsillos de mi pantalón. En ese instante sentí unos “Vivas” gritados en coros vibrantes seguidos de un coro de “Muerte” después de un grito de “Socialismo” y otro de un “Venceremos” después de un “Patria o Muerte”. Saliste radiante y en tu euforia me diste otro beso sin importarte mi olor a yuca con mojo ni mi ensope.

–Corre, vamos a mi casa para que te quites esa ropa mojada que vas a coger un catarro. Yo vivo a cinco minutos de aquí –me hablaste halándome de la mano.

–No quiero molestar, de verdad –te dije preocupado.

–Que yo vivo sola, no tengo relaciones con mis padres porque se fueron por el Mariel, déjate de boberías.

En ese instante me alegré de que sus padres vivieran en el norte e imaginé que el karma me iba a mejorar el día con una noche especial. Yo comencé a imaginarme posibles escenarios y ni te escuchaba en tu euforia de que ahora si se iba a construir una sociedad próspera o que no podíamos permitir que nos arrebatasen los logros conquistados. 

Tu casa era más bien pequeña, precedida por un portal ancho a todo lo largo de la casa. La puerta daba a una sala comedor presidida por cuadros del Che Guevara y Fidel Castro de tamaños excesivos y al final una cocinita que daba a un patio de cemento, por el otro lado dos cuartos con baño intercalado a donde me enviaste a quitarme la ropa mojada. La ropa oliendo a mojo de yuca la dejé colgada en el tubo de la cortina de una bañadera y con una toalla roja enroscada a la cintura salí a pedirte alguna prenda que pudiera usar. Tu plan sin embargo era de quitar y no de poner, por lo que ya me estabas esperando desnuda en la cama. La euforia revolucionaria que te dominaba de la reunión del partido se potenció al ver el trapo rojo alrededor de mi cintura y de un salto me la arrancaste como si fuese la bandera china para castigar a los asiáticos por implantar la economía de mercado. Yo estaba indefenso y quise decirte que me dieras un pan con pasta o con mayonesa, o por lo menos un vaso de agua con azúcar para poder aguantar la intransigencia comunista que se me venía encima. Pero como tú tenías en mente que al imperialismo no se le puede dar ni un tantico así, no me permitiste el refuerzo pues querías probar si yo era capaz de crecerme ante las dificultades y dejarme de blandenguería.  Al arroz con chícharos y al huevo hervido en salsa resbalosa del almuerzo tuve que sacarle toda le energía que tenían para que no me diera un coma energético. La reunión te había enervado al máximo para convertirte en una soldado de la Sierra Maestra que disfrutaba su especialidad de limpiar los fusiles y al final de la faena sacaste tu lado más combativo cuando en galope brutal te enfrentaste a las tropas invasoras a pecho descubierto y con las manos en el aire como si blandieras un machete. A las dos horas de la faena y con la piel pegada al espinazo, decidí que, si no iba a comer, lo mejor para ahorrar energías era dormir, pero antes me tuve que someter a una sesión de crítica y autocrítica constructiva que mejorase el rendimiento revolucionario. En ese momento no pude contenerme y te pedí algo de comer, pero respondiste que contigo no había estímulos materiales que valgan, que esperabas de mí un hombre nuevo y al hombre nuevo le valen los estímulos morales, que si quería me hacías una carta de felicitación o un diploma por el buen trabajo, pero que me podía dormir tranquilo con la satisfacción del deber cumplido.

Al otro día por la mañana me levanté llorando del hambre y cuando abrí el refrigerador estaba pelado. Me vestí con la ropa seca oliendo a yuca con mojo, compré una libra de pan a diez pesos y preguntando con suerte encontré leche y mantequilla que compré a un vendedor callejero. Cuando llegué a la casa ya estabas despierta tomando café y sin preguntar de donde había sacado la leche y la mantequilla me disparaste un discurso sobre la necesidad de no comprar nada en bolsa negra porque esos productos eran robados y de esa manera conspirábamos contra la revolución. Claro que como no te hice caso y empecé a comerme el pan con mantequilla y el café con leche, me hiciste prometer siete veces que no se lo diría a nadie y conspiraste salvajemente pues te metiste tu sola una barra de mantequilla y media libra de pan.

Cuando te pregunté si regresaba en la noche, me dijiste que mejor en dos días porque te tocaba la guardia del CDR. Yo pensé que ya eso no existía y me explicaste de la necesidad de predicar con el ejemplo pues eras la presidenta del CDR. Antes de irme y con un beso te delataste como vampiresa al regalarme con una sonrisa una tarjetica para ir a donar sangre y apuntársela a tu CDR. No te quise hacer el desaire y te dije que sí, pero la tarjeta terminó en el tanque de basura desbordado de la esquina, pues la cosa no estaba para ir regalando la vida por ahí.

Dos días más tarde sentí nostalgia de tu carga al machete y de tus gritos de incitación al combate y me fui más temprano a tu casa pues era sábado. Una cuadra antes de llegar a tu casa sentí una gritería detrás de mí y curioso me dirigí al origen del ruido. Eran tres personas, dos mujeres y un hombre, vestían de blanco en el medio de la calle y en silencio levantaban carteles donde se leía claramente: “Respeten los derechos humanos” y “Libertad”. Varias personas en actitudes desafiantes los insultaban. Sentí admiración de la valentía de esas tres personas, vi el terror en sus ojos y deseé pedirles que se fueran. Traté de acercarme, pero una marea de personas se agolpaba y no lograba avanzar. En ese instante se levantó varios metros frente a mí una mano conocida que días atrás limpiaba un fusil, pero que esta vez elevaba un tubo de metal envuelto en periódico. El arma cayó sobre la cabeza del hombre con fuerza y este no soltó el cartel de los derechos humanos que se empapó de la sangre brotando a chorros junto con el periódico y la mano conocida. Rápido aparecieron de la nada dos policías y se llevaron al hombre con la cabeza rota y a las dos mujeres magulladas.

Al disolverse la multitud, no tuve dudas, a dos metros de mí descubrí a la mujer que apenas unas horas antes deseaba, todavía jadeabas del esfuerzo para levantar una barra de metal ensangrentada. El rojo coagulado dominaba tus manos, una parte de su rostro y tu pecho. Te miré a la cara deseando que no fueses tú y me sonreíste. Había satisfacción y felicidad en tu gesto y el asco me provocó deseos de vomitar. Giré para siempre mi rostro y maldiciendo mi instinto me fui sin saber ni tener algo que decirte. Te dejé jadeando tu odio, tinta de rojo sangre y con los ojos alegres de avasallar a una persona por pensar diferente.