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MUJER DE ROJO

26 de noviembre de 2020

Todos los días en la mañana caminaba por la misma acera de mi barrio de Santos Suarez en La Habana en dirección al trabajo. Siempre me sonreía al leer el cartel que anunciaba el nombre de la escuela primaria. En letras negras con fondo blanco se leía “Albert Einstein”, sin embargo, los cubanos habían tropicalizado salvajemente el nombre del famoso científico y lo habían convertido en un simple “Alberente” que costaba relacionar con el original. Ese día no tenía tiempo para la risa, me había quedado dormido. El bullicio de voces infantiles en el centro de la calle me lo recordó.

“Silencio para izar la bandera”, escuché y tuve que girar el rostro en busca del origen de una voz femenina tan singular. Me sorprendió el tono enérgico y un vibrato que escondía algo difícil de descifrar. Los segundos que empleé en la búsqueda fueron suficientes para olvidar al poste de madera de la esquina. BAM, mi nariz se aplastó contra la madera. “Me cago en mi madre, me partí la nariz pal carajo, como duele”, pensé y se mezcló todo: nariz, madera, rojo, sangre. Aturdido encontré en la risa de tus pupilas el perdón por el irrespeto a la bandera, pues todos la vieron trepar  por el mástil parados en atención y yo me quedé sentado en el piso con la nariz entre mis manos.

Realmente no era una bandera, eran tres, porque todo se veía triple, tres filas de los niños entraron a la casona convertida en escuela por tres puertas idénticas y tres mujeres con tu cara me preguntaron en coro si me encontraba bien. Al levantarme las tres gemelas se metieron en tu cuerpo y la única estrella solitaria dentro de un triángulo rojo ondeaba al viento sus colores gastados.

“Que jodedora esta mujer que debe ser la directora de la escuela, le da risa mi desgracia” pensé al descubrir satisfacción en tu rostro, pero luego no tuve duda de que te atraía el color rojo de mi camisa empapada en sangre. “A mí me pasan cada cosa, venirme a encontrar con una vampiresa a esta hora”, te devolví la sonrisa sin hablar.  Me ayudaste a entrar en la escuela y me senté en una esquina de tu oficina que una vez fue el recibidor de la casona vieja. “Aquí deben sentar a los niños castigados”, me apreté el tabique adolorido y tú saliste a buscar una bolsa de hielo. Me fijé en tu cuerpo, mejor dicho, te miré el culo. “Que buena está”, el chorro de sangre salió más abundante. “Ey, pero por delante luce mejor todavía” e imaginé como se verían tus pechos descubiertos, “seguro que son como mangos filipinos”. La bolsa de hielo en la cara me enfrió los pensamientos.

A los quince minutos la sangre dejó de fluir y mi nariz era como la de un payaso, pero con la bola roja en el tabique y no en la punta. Me levanté para agradecerte y una señora mayor con hojas en las manos se me adelantó al hablarte de clases, maestros y pruebas, esperé.

–Gracias directora, ha sido usted muy amable, ya estoy bien y me voy que debo cambiarme la camisa –dije.

–No hay de qué y tutéame que no eres un subordinado mío, aunque me agradaría. –Sonreíste.

–Yo paso todos los días por aquí, seguramente nos veremos otra vez –hablé algo nervioso.

–¿De casualidad no pasas hoy a las seis por aquí?, a esa hora es que termino –respondiste.

Caminaste varias veces como un tigre frente a su presa para que yo pudiese observar bien las carnes exuberantes y duras de tus bien llevados treinta años. Ya lo había visto todo, pero de cerca se veía mejor. “La cosa pinta bien” pensé y puse cara seria.

–A las seis de la tarde en punto directora –exclamé haciéndome el interesante.

Salí temprano del trabajo con la excusa de la nariz rota. El nerviosismo no me dejaba pensar en otra cosa que no fuese un encuentro salvaje con una vampiresa. Pasé por el  mercado campesino y con el dolor de mi alma compré una cabeza de ajo a un precio inimaginable. En la casa me enganché una cadena de oro con un crucifijo y repartí dientes de ajo en los bolsillos del pantalón y la camisa. El olor a lluvia se respiraba en el aire e imaginé que era un mal día para una cita, “Tampoco hay que exagerar, que para un encuentro cercano de primera especie no hay malos días”, sonreí. A las seis en punto saliste apurada “Tú vas a ver que se me va a joder la gozadera, que mala suerte yo tengo”, intuí cambio de planes.

–Lo siento mucho, pero me acabaron de llamar del municipio del partido y tengo que pasar por allá –dijiste.

–No pasa nada, lo podemos dejar para otro… –te respondí.

“Me cago en mi puta suerte, lo sabía, lo sabía, cuando todo sale bien desde el principio es que viene algo malo, y lo cara que me costó la cabeza de ajo, todos los días sale un comemierda a la calle y hoy me tocó a mí”, tu voz interrumpió mis pensamientos.

–Y por qué no vienes conmigo? No está tan lejos y seguro que es rápido, además está cerca de mi casa. Después te invito a comer –dijiste.

Se me quitaron las ganas de llorar de la emoción, no me dejaste decir que sí e imagino que lo adivinaste en la cara que puse. Me agarraste del brazo y salimos a paso ágil en dirección a la sede del Partido Municipal. “Que cojones le pasa a esta loca que solo habla de brigadas de acción rápidas, disidentes y batallas de ideas, se salva que por ese par de nalgas soy capaz de leerme el Capital de Carlos Marx, o me hago militante del partido, Ehhh, un momento ahí, afloja, afloja, que tampoco hay que exagerar, eso sí que no. El cielo está todo gris, en cualquier momento empieza a llover, mala suerte si nos coge el agua, bueno una templeta debajo de un aguacero tampoco está nada mal”. Tu voz me sacó otra vez de mi mundo.

–Es aquí –dijiste.

El municipio del partido era otra casa con su función inicial cambiada. “No me sorprende el problema de vivienda si cogen las casas para partidos, CDR, y hasta escuelas, deberían hacer escuelas nuevas, bueno, total si a este ritmo ahorita no hay ni niños aquí”. El viejo CVP de la puerta no me dejó pasar porque dijo que no era confiable, “viejo chivatatiente de mierda”. Me pediste que te esperaba en la acera, la reunión no duraría mucho tiempo. El beso que me diste en ese momento en la boca me paralizó.

“Después de ese beso de aquí no me mueve ni un bombardeo americano, me tengo que reír, como si los americanos fueran a bombardear de verdad, ya eso no se lo cree nadie, aunque no estaría mal que bombardearan carne de res o piernas de jamón. Mi mamá compró en SEAR una pierna de jamón en los años 80, todavía me acuerdo de ella, si al final se deciden a bombardear que no se olviden de los antibióticos, amorcicillina, parece que dice morcilla, que bombardeen eso también, el antibiótico primero porque como me coja una sífilis me voy a morir como Al Capone, Habremos llegado ya al siglo XXI, empezó a llover, me cago en las siete mil vírgenes”.

Le di treinta vueltas a la manzana buscando un portal donde esconderme, todos cerrados. Trepé cuatro árboles me metí debajo de ellos, llovía de lado y me empapaba. “Me cago en la madre del CVP que no me dejó pasar, el hambre que debe estar pasando ese pobre viejo, el que está pasando tremenda hambre soy yo que no la veo pasar desde el mediodía, como me digan ahora en el noticiero que no hay agua en las presas les voy a tirar una trompetilla. ¿Se puede mentir y quedarse tan campante?, definitivamente sí, la prueba son los dirigentes de este país, la vergüenza es verde y se la comió un chivo»

«Parezco un pollo sin cabeza sin saber para donde correr, será el hambre o alguien está haciendo yuca con mojo, naranja agria, pal carajo, venir a acordarme yo ahora de la naranja agria, que yuca con mojo ni la cabeza de un guanajo, son los dientes de ajo de mis bolsillos que se mojaron y soy un mojo andante”. Tu voz siempre me sacaba de dentro de mí, esta vez a lo lejos se escuchaban “Vivas” y un coro de “Patria o Muerte”. Esta gente no se cansa de gritar consignas huecas, y yo con tremenda peste a mojo”. Saliste radiante y repetiste un beso que me hizo olvidar mi olor.

–Corre, vamos a mi casa para que te quites esa ropa mojada que vas a coger un catarro. Yo vivo a cinco minutos de aquí –hablaste halándome de la mano.

–No quiero molestar, de verdad –te dije preocupado.

“No me hagas caso, si quiero, llévame pa´ tu casa, no estoy preocupado nada, es mentira, vamos adentro de tu casa, encuérate, encuérame, vamos a jugar a los encuerados” puse cara de poco interés.

–Que yo vivo sola, no tengo relaciones con mis padres porque se fueron por el Mariel, déjate de boberías. –Insististe.

“Insiste, insiste que estoy a punto de decirte que sí, y me importa un huevo y la mitad del otro donde vivan tus padres, me da igual  el norte, el sur, el este o el oeste, como si es Nueva Zelanda o Nigeria, yo lo que quiero es acción  y no te lo voy a decir, pero ya me la estás pelando con eso de que ahora sí se iba a construir una sociedad próspera o que no vas a permitir que nos arrebatasen los logros conquistados, ¿logros?, ¿conquistados? Si no estuvieras tan buena me iba ahora mismo para el carajo, así, agárrame de la mano y éntrame en tu casa. No he dicho que sí todavía, pero ya veo que lo asumiste”. 

Tu casa era más bien pequeña, precedida por un portal ancho en el frente de la casa. La puerta daba a una sala comedor presidida por cuadros del Che Guevara y Fidel Castro de tamaños excesivos, “como se te ocurra encuerarte delante de las fotos de estos dos locos, no se me va a parar”. La cocinita al final daba a un patio de cemento, por el otro lado dos cuartos con baño intercalado.

–Ve a quitarte la ropa mojada –ordenaste.

“La cosa se pone buena y no porque dejaré de oler a mojo de yuca, sino porque voy a gozaaar”, dejé la ropa colgada en el tubo de la cortina de una bañadera y con una toalla blanca enroscada a la cintura salí a pedirte alguna prenda seca que pudiera usar mientras calentábamos los motores.

Tu plan sin embargo era intransigente y desesperado. Me estabas esperando desnuda detrás de la puerta y me metiste un empujón que me tiró en la cama. Llena de la misma euforia revolucionaria que te dominaba desde la reunión del partido caíste de un salto sobre mí y me arrancaste la toalla contrarevolucionaria alrededor de mi cintura y la lanzaste a una esquina como si fuese la bandera china. Querías castigar a los asiáticos por implantar la economía de mercado. Estiraste la mano entonces hasta la mesita de noche, “Seguro que saca un cuchillo, porque sabe que me apunté en el bombo de visas de la embajada americana, en mala hora se me ocurrió meterme con la loca comunista esta”.

–¿Tú no tendrás por ahí, aunque sea un pan con mayonesa o un vaso de agua con azúcar? –imploré.

Tú estabas en otra cosa y me ignoraste. “Me pone a prueba la muy cabrona, seguro que no quiere darle ni un tantico así al imperialismo, Un día un tío me lo dijo: el pito te domina, el muy jodedor tenía razón, yo creo que esta loca quiere probar si yo soy capaz de crecerme ante las dificultades y dejarme de blandenguería.  Le voy al arroz con chícharos y al huevo hervido en salsa resbalosa del almuerzo toda le energía, tu vas a ver que me va a dar un coma energético”.

–Esta música a mí me excita mucho –dijiste y prendiste una grabadora.

“Arriba los pobres del mundo, de pie los esclavos sin pan, alcémonos todos al grito…, pero que cojones es esto, me tengo que reír, ¿esta demente me está poniendo La Internacional para templar?, por mi madre que esto a mí no me había pasado nunca, tu vas a ver que voy a perder la concentración, coño, pero encuera se ve mucho mejor, que par de mangos filipinos, que se meta la internacional completa, que yo me quedo con sus nalgas”

Yo siempre he sido un tipo con suerte, cuando te di la mordida en la punta de la nalga, reaccionaste estirando la pierna y le metiste tremenda patada a la grabadora. “Se jodió la internacional, menos mal porque la sabía completica y hasta me pinchaba para que por lo menos yo la tarareara, que alivio porque ya estaba decayendo la energía, hasta sentía la voz de Fidel Castro y el Che Guevara cantándola desde la sala”. No te dejaste vencer por la derrota de la grabadora hecha mierda y convertiste el revés en victoria. Me enseñaste como los soldados de la Sierra Maestra limpiaban los fusiles y la importancia de un buen engrase.

La parte que más me gustó fue la carga al machete contra las tropas peninsulares, allí sacaste tu lado más combativo cuando en galope brutal te enfrentaste al enemigo a pecho descubierto y con las manos en el aire como si blandieras un machete.

“Ya llevamos dos horas en esto y hemos hecho la invasión de Oriente a Occidente dos veces palante y patrás, Se me acabó el almuerzo, lo mejor que puedo hacer es una sesión de crítica y autocrítica constructiva para mejorar el rendimiento revolucionario. Pero lo que yo necesito es jama, JAMAAAA, que estoy partido del hambre”

–¿Tú no me habías invitado a comer? –pregunté, era una cuestión de vida o muerte.

–Fíjate lo que te voy a decir, conmigo no hay estímulos materiales que valgan, al hombre nuevo le valen los estímulos morales, coge el diploma de felicitación por el buen trabajo. Yo voy a dormir tranquila con la satisfacción del deber cumplido.

“Me jodí, bueno tampoco así que en medio de la carga al machete se me olvidó el hambre, ahora no, Jama, lo que yo quiero es jama, pero ya son las doce de la noche, lo mejor que hago es dormir”. Aproveché que roncaba como un camión ruso y me fui al refrigerador por algo. Nada de nada, solo había pepinos de agua enfriándose, bueno si eso porque habían quitado la luz. Encontré un poco de azúcar prieta y el agua de milordo me apaciguó el hambre lo suficiente para dormir un rato.

Por la mañana me vestí con la ropa seca oliendo a yuca con mojo, compré una libra de pan por la izquierda y con suerte encontré leche y mantequilla que compré a un vendedor callejero mandado por la providencia. Cuando llegué dormías y te preparé el desayuno simple.

–Desayuno compañera directora, aliméntese bien que hay mucho machete que dar todavía. –Le sonreí.

–¿De dónde tu sacaste esa leche y esa mantequilla? ¿Y ese pan es fresco? Yo no puedo creer que tu hayas comprado eso en la bolsa negra –gritaste descompuesta.

–Ven acá chica y que tu querías que hiciera si tenías el refrigerador pelao. ¿Pasar hambre? –respondí con voz fuerte, ya me estabas tocando los cojones.

–Eso es una falta de respeto tuya y no te la permito, a mí no me importa pasar hambre. –Estabas histérica.

A pesar de tu molestia le entraste al desayuno con tremendas ansias. “¿Tú no eras la que quería pasar hambre?” pensé, pero no le dije nada, me daba placer ver a un ser hambreado disfrutar de la comida. Cuando me dijiste que no se lo dijera a nadie no pude aguantar la carcajada. “Tremenda doble moral la de los revolucionarios, que triste, tienen hambre y no lo reconocen, esta mujer se ha comido toda la barra de pan con mantequilla y se ha tomado la leche como agua”.

La barriga llena te calmó y me pediste que regresara en dos días porque esa noche te tocaba la guardia del CDR. Yo pensé que ya eso no existía y me explicaste de la necesidad de predicar con el ejemplo pues eras la presidenta del CDR. Tampoco perdiste la oportunidad de darme una tarjetica para ir a donar sangre y apuntársela a tu CDR. “Ya sabía yo que eras una vampiresa”. No te quise hacer el desaire y te dije que sí, pero me pregunté en cuál de los tanques de basura la iba a botar. “La vida no se puede ir regalando tan fácil, así como así”. Se escucharon entonces ruidos en la calle de “Patria y Vida” y “Abajo la dictadura”, se te atragantó el desayuno.

Eran tres personas, dos mujeres y un hombre, vestían de blanco en el medio de la calle y en silencio levantaban carteles donde se leía claramente: “Respeten los derechos humanos” y “Libertad”. Varias personas en actitudes desafiantes los insultaban. Sentí admiración de la valentía de esas tres personas, vi el terror en sus ojos y deseé pedirles que se fueran. Fuiste más rápida que yo.

–Pero que cojones es esto, tú vas a ver ahora –gritaste.

En bata de casa te lanzaste a la calle con una cabilla envuelta en periódico que tenías tras la puerta sin parar de gritar “Viva la Revolución” y “Patria o Muerte”. Salí detrás de ti. “Pero que le ocurre a la enferma esta, Me cago en su madre, ¿Pero por qué le da al hombre con el cartel?, ese señor no ha hecho nada, si el solo elevaba el cartel por encima de su cabeza, asesina, bestia, esbirra de mierda”.

La cabeza del hombre se abrió a la mitad de tus golpes y la sangre manchó tu falso periódico enrollado. El hombre no soltó el cartel de los derechos humanos y dos policías aparecieron de la nada cuatro policías para llevárselo a la estación y no al hospital. “Suéltalo, que ese hombre no ha hecho nada”, grité, pero no me hicieron caso.

La multitud se disolvió en poco tiempo, desde la acera te vi en el medio de la calle. A dos metros de mí descubrí a otra mujer muy distinta a la que apenas unas horas antes deseaba, todavía jadeabas excitada del esfuerzo para levantar una barra de metal ensangrentada. Ahora eras tú de verdad, el rojo coagulado dominaba tus manos, una parte de su rostro y todo tu pecho. Te miré a la cara deseando que no fueses tú y me sonreíste con una mueca asesina. Había satisfacción y felicidad en tu gesto y el asco me provocó deseos de vomitar.

–Esbirra de mierda, ¿quién cojones te piensas que eres?, ¿crees que puedes ir por ahí golpeando a seres humanos que no piensen tu misma bazofia comunista? Das pena y eres una mísera mierda de persona, maldigo el momento en que se me ocurrió meterte la pinga –grité con todas mis fuerzas.

–Delante de mí no se habla mal de la revolución, gusano, te voy a partir en dos –bufaste.

Te lanzaste con los ojos inyectados en sangre y con la cabilla levantada, pero no me costó trabajo quitártela de las manos, separar el periódico con sangre inocente y lanzar el metal bien lejos. El ruido en el pavimento te molestó mas y quisiste golpearme con tus manos.

–Pues para que sepas que aquí delante de ti, yo me cago en tu puta revolución, que lo único que trae es miseria, separación, muerte y esbirros como tú que no merecen ni el desprecio –dije sosteniéndote las muñecas.

–Patria o Muerte –gritaste.

–Cómete tu muerte asquerosa, yo quiero vida, Patria y Vida para siempre, Patria y Vida

“Esbirra de mierda”. Giré para siempre mi rostro y maldiciendo mi instinto me fui sin saber ni tener algo que decirte. Te dejé jadeando tu odio, tinta de rojo sangre y con los ojos alegres de avasallar a una persona por pensar diferente.

PD: Dedicado sin cariño a todas las mujeres de rojo.